Honoris Causa a Paul Auster: Discurso laudatorio de Cristian Alarcón

Honoris Causa a Paul Auster: Discurso laudatorio de Cristian Alarcón

Cristian Alarcón, Paul Auster y J.M. Coetzee - Foto: Anfibia

Cristian Alarcón, Paul Auster y J.M. Coetzee – Foto: Anfibia

Riman las personas, los objetos y los hechos

Por Cristian Alarcón

Primero pediré disculpas por mi rol de laudador, tan inmerecido. Decenas de escritores aquí presentes, y otros tantos críticos y académicos lo hubieran hecho mejor que este cronista. Luego le pediré disculpas, señor Auster, por la necesidad de ser traducido de mi español a algún tipo de inglés. Nos acompañará aquí esa experiencia espantosa de la traducción: quedar en manos de un desconocido, persiguiendo la comprensión. Debemos confiar, eso sí, teniendo en cuenta lo más importante que quizás usted nos deja en su obra, en que cualquier malentendido es simple causa del tiempo presente, tan traidor: si algo malo, imprevisto ocurre, durante esta laudatio, seremos exiliados en su propia literatura, al resguardo de la sabia, implacable,  vital confusión.

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Discurso de Elena Poniatowska en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014

Discurso de Elena Poniatowska en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señor Presidente de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras.

Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán.

Simone Weil, la filósofa francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura.

La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. Años más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria respondió que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia.

A Ana María Matute, la conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz.

María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.

Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha razón José Emilio Pacheco la definió: “Sor Juana/ es la llama trémula/ en la noche de piedra del virreinato”.

Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su poema “Primero sueño”. Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores.

Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela- testimonio “Hasta no verte Jesús mío”, no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos años antes había nacido como un hombre malo que desgració a muchas mujeres y ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.

Mi madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942, en el “Marqués de Comillas”, el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Mi familia siempre fue de pasajeros en tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas francesas con un apellido polaco. Llegamos “a la inmensa vida de México” —como diría José Emilio Pacheco—, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas.

Las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: “¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?”

Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. “Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/y se la llevó”. O esta que es aún más aterradora: “Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ —¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!”

Todavía hoy se mercan las tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20, embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero.

Recuerdo mi asombro cuando oí por primera vez la palabra “gracias” y pensé que su sonido era más profundo que el “merci” francés. También me intrigó ver en un mapa de México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: “Zona por descubrir”. En Francia, los jardines son un pañuelo, todo está cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: “Descúbranme”. El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos.

¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus conquistados.

Quienes me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la calle. Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo: “Mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en tren”.

Tina Modotti llegó de Italia pero bien podría considerarse la primera fotógrafa mexicana moderna. En 1936, en España cambió de profesión y acompañó como enfermera al doctor Norman Bethune a hacer las primeras transfusiones de sangre en el campo de batalla. Treinta y ocho años más tarde, Rosario Ibarra de Piedra se levantó en contra de una nueva forma de tortura, la desaparición de personas. Su protesta antecede al levantamiento de las Madres de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco en la cabeza por cada hijo desaparecido. “Vivos los llevaron, vivos los queremos”.

La última pintora surrealista, Leonora Carrington pudo escoger vivir en Nueva York al lado de Max Ernst y el círculo de Peggy Guggenheim pero, sin saber español, prefirió venir a México con el poeta Renato Leduc, autor de un soneto sobre el tiempo que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto.

Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores. Antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos que los hombres.

“¿Quien anda ahí?” “Nadie”, consignó Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”. Muchos mexicanos se ningunean. “No hay nadie” —contesta la sirvienta. “¿Y tú quien eres?” “No, pues nadie”. No lo dicen para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza. Tampoco la naturaleza dice lo que es ni se explica a sí misma, simplemente estalla. Durante el terremoto de 1985, muchos jóvenes punk de esos que se pintan los ojos de negro y el pelo de rojo, con chalecos y brazaletes cubiertos de estoperoles y clavos arribaban a los lugares siniestrados, edificios convertidos en sándwich, y pasaban la noche entera con picos y palas para sacar escombros que después acarreaban en cubetas y carretillas. A las cinco de la mañana, ya cuando se iban, les pregunté por su nombre y uno de ellos me respondió: “Pues póngame nomás Juan”, no sólo porque no quería singularizarse o temiera el rechazo sino porque al igual que millones de pobres, su silencio es también un silencio de siglos de olvido y de marginación.

Tenemos el dudoso privilegio de ser la ciudad más grande del mundo: casi 9 millones de habitantes. El campo se vacía, todos llegan a la capital que tizna a los pobres, los revuelca en la ceniza, les chamusca las alas aunque su resistencia no tiene límites y llegan desde la Patagonia para montarse en el tren de la muerte llamado “La Bestia” con el sólo fin de cruzar la frontera de Estados Unidos.

En 1979, Marta Traba publicó en Colombia una “Homérica Latina” en la que los personajes son los perdedores de nuestro continente, los de a pie, los que hurgan en la basura, los recogedores de desechos de las ciudades perdidas, las multitudes que se pisotean para ver al Papa, los que viajan en autobuses atestados, los que se cubren la cabeza con sombreros de palma, los que aman a Dios en tierra de indios. He aquí a nuestros personajes, los que llevan a sus niños a fotografiar ya muertos para convertirlos en “angelitos santos”, la multitud que rompe las vallas y desploma los templetes en los desfiles militares, la que de pronto y sin esfuerzo hace fracasar todas las mal intencionadas políticas de buena vecindad, esa masa anónima, oscura e imprevisible que va poblando lentamente la cuadrícula de nuestro continente; el pueblo de las chinches, las pulgas y las cucarachas, el miserable pueblo que ahora mismo deglute el planeta. Y es esa masa formidable la que crece y traspasa las fronteras, trabaja de cargador y de mocito, de achichincle y lustrador de zapatos —en México los llamamos boleros—. El novelista José Agustín declaró al regresar de una universidad norteamericana: “Allá, creen que soy un limpiabotas venido a más”. Habría sido mejor que dijera “un limpiabotas venido a menos”. Todos somos venidos a menos, todos menesterosos, en reconocerlo está nuestra fuerza. Muchas veces me he preguntado si esa gran masa que viene caminando lenta e inexorablemente desde la Patagonia a Alaska se pregunta hoy por hoy en qué grado depende de los Estados Unidos. Creo más bien que su grito es un grito de guerra y es avasallador, es un grito cuya primera batalla literaria ha sido ganada por los chicanos.

Los mexicanos que me han precedido son cuatro: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Rosario Castellanos y María Luisa Puga no tuvieron la misma suerte y las invoco así como a José Revueltas. Sé que ahora los siete me acompañan, curiosos por lo que voy a decir, sobre todo Octavio Paz.

Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos quisiera contarles que tuve un gran amor “platónico” por Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri —cárcel legendaria de la ciudad de México—, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados “conejos”, nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes.

Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan.

Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, “ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas”.

Por todas estas razones, el premio resulta más sorprendente y por lo tanto es más grande la razón para agradecerlo.

El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.

A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó: —Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes?

Paula le dijo su edad y Luna insistió:

—¿Antes o después de Cristo?

Es justo aclararle hoy a mi nieta, que soy una evangelista después de Cristo, que pertenezco a México y a una vida nacional que se escribe todos los días y todos los días se borra porque las hojas de papel de un periódico duran un día. Se las lleva el viento, terminan en la basura o empolvadas en las hemerotecas. Mi padre las usaba para prender la chimenea. A pesar de esto, mi padre preguntaba temprano en la mañana si había llegado el “Excélsior”, que entonces dirigía Julio Scherer García y leíamos en familia. Frida Kahlo, pintora, escritora e ícono mexicano dijo alguna vez: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

A diferencia de ella, espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino, premios a los jóvenes que como yo hoy, 23 de abril de 2014, día internacional del libro, lleguen a Alcalá de Henares.

En los últimos años de su vida, el astrónomo Guillermo Haro repetía las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Observaba durante horas a una jacaranda florecida y me hacía notar “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”. Esa certeza del estrellero también la he hecho mía, como siento mías las jacarandas que cada año cubren las aceras de México con una alfombra morada que es la de la cuaresma, la muerte y la resurrección.

Muchas gracias por escuchar.

«Cronistas, la nueva camada» en Revista Paula

«Cronistas, la nueva camada» en Revista Paula

  • Medios, autores y talleres de crónica son abordados en este artículo de la Revista Paula.
  • Federico Bianchini (Argentina), Albinson Linares (Venezuela), Daniela Rea (México) y Emiliano Ruiz-Parra (México) son algunos de los periodistas mencionados.
Cronistas -  Ilustración: Pablo Farías - Revista Paula

Cronistas – Ilustración: Pablo Farías – Revista Paula

Por Astrid Hoffmann

Una nueva ola de periodistas y autores jóvenes se está haciendo camino después de que otros, ya consagrados, les abrieran el paso y los empujaran a seguir adelante en el democrático oficio de contar historias. De política y violencia, pero también de espiritualidad y literatura, escribe la nueva camada de cronistas latinoamericanos.

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«Hijas de general: La historia que cruza a Bachelet y Matthei»

«Hijas de general: La historia que cruza a Bachelet y Matthei»

  • Las dos candidatas presidenciales en Chile eran compañeras de juegos en la infancia e hijas de dos militares que eran amigos, pero que tomaron posiciones distintas ante el golpe de Estado de 1973.
  • El libro coescrito por Rocío Montes y Nancy Castillo está disponible a la venta como Kindle Ebook en Amazon.
  •  Compartimos el prólogo y la solapa del libro, escritos por Miguel Ángel Bastenier y Jon Lee Anderson.
Rocío Montes y Nancy Castillo - Foto: Pablo Sanhueza

Rocío Montes y Nancy Castillo – Foto: Pablo Sanhueza

Adquiere el libro: «Hijas de general: La historia que cruza a Bachelet y Matthei»

Vidas, todo menos paralelas

Por Miguel Ángel Bastenier*

Hijas de General - Nancy Castillo y Rocío Montes

Hijas de General – Nancy Castillo y Rocío Montes

Si Plutarco fuera chileno se habría llevado un gran disgusto. A primera vista, que siempre es mejor que vaya acompañada de una segunda, Evelyn Matthei y Michelle Bachelet, respectivamente, derecha e izquierda clásicas a más no poder, serían el modelo perfecto para el gran biógrafo griego, hijas las dos de generales de parecida generación, militares que se conocían e incluso se apreciaban, las candidatas que se conocieron de niñas, una apenas un par de años mayor que la otra, aunque decir que eran amigas sería mucho decir, y que ahora confluyen una pila de años más tarde en disputarse la Presidencia del país. Un aparente paralelismo generacional, cronológico cuando menos, es innegable que existe, pero por mucho nacimiento y confluencia que hayan podido producirse, no hay dos destinos más alejados entre sí que el de las dos aspirantes.

Una, la socialista, tiene que remar contra corriente buena parte de su vida, la del exilio y los años del regreso a la patria, hasta que un amago de democracia se abre paso con el plebiscito de 1988, y la otra, circulante entre RN y la UDI, con el viento de cara todo ese tiempo, solo tiene que reciclarse, aunque pausada y sinceramente, cuando la situación lo exige.

Michelle Bachelet era una joven cuando el general Augusto Pinochet Ugarte tomaba el poder, pero ya con los parámetros de la política muy en su sitio, que posiblemente algo se radicalizaron durante su estancia en la RDA, extinto país del que la líder socialista guardará siempre un recuerdo caritativamente favorable. Y así es cómo vuelve plenamente integrada a una situación en la que su moralidad política le exige una contribución democrática desde la clandestinidad. Evelyn Matthei, concertista de piano frustrada, muy contrariamente, aun votaba por el general golpista en el referéndum, aunque dícese que más por sentido de la disciplina que por entusiasmo personal, y su recorrido ulterior se acompasa al del propio país: del autoritarismo más o menos light a la democracia razonablemente plena, aunque no, incluso hoy, absolutamente despinochetizada. Sus partidarios han subrayado que sus puntos de vista —comprensivos con el aborto terapéutico y el divorcio— son homologables a los de Europa, aunque algo rechinen en el panorama de la derecha chilena. Como puede verse, de paralelismos a lo Plutarco, ni pizca.

Y dos periodistas nacionales, Nancy Castillo y Rocío Montes —a quien me enorgullezco de haber dado clase en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano de Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias, y en la propia Escuela de Periodismo de El País de Madrid—, han escrito el libro que seguro que será calificado como el más notable de las inminentes elecciones presidenciales aún vivos los ecos del 40 aniversario de la “pinochetada”, pero que es mucho más: el libro de dos periodistas chilenas sobre dos candidatas que aspiran políticamente a lo más alto y que, bien que desde perspectivas vitales muy diferentes, parecen estar capacitadas para desempeñar o volver a desempeñar (Bachelet ya lo demostró durante su mandato de 2006-2010) tan decisivo y simbólico cometido.

En el texto, lo primero que se hace notar es el exquisito escrúpulo de las autoras para que nadie pueda decir que hayan querido o permitido que la balanza se inclinara a uno u otro lado. En todo caso, como cumple al mejor periodismo, es la narrativa —me resisto a decir los “hechos”, porque nadie sabe cuáles son— la que habla. Imparcialidad no es lo mismo que neutralidad; la primera es condición sine qua non del buen periodismo y la segunda una atrofia de la capacidad de juicio; y añádase que la objetividad, como absoluto, tampoco existe, pero sí el fair play, que quiere decir que no hemos de preferir nada, pero tampoco ocultar ni lo más mínimo. Y eso es lo que hacen nuestras dos enviadas especiales a sí mismas: dejar que hable lo que han investigado, recopilado, estructurado en una narración vibrante, intensa y extraordinariamente bien documentada.

Como dicen Rocío y Nancy, las historias de vida, desde la niñez, marcan a los seres humanos, y de eso tenemos muchísimo y muy bueno en el libro. Y, si se me permite, algo hay que subrayar de las autoras, porque su caso, como el de las candidatas, es igualmente singular. Son pocas las periodistas de género, como parece que ahora se dice en Europa, que se dediquen a informar sobre la cosa política, y son dos periodistas de esa condición las que abordan el caso Bachelet-Matthei o Matthei-Bachelet, tanto monta, monta tanto, porque yo también creo en la imparcialidad y la potencia de los hechos como única guía de lectura para obras como la presente.

El lector chileno está, sin duda, mucho más informado que yo sobre lo que se le viene encima y la trascendental decisión que ha de tomar, pero, modestamente, creo que, tras haber leído Hijas de general, sé más del país, entiendo mejor su evolución tan exitosa en los últimos años, y hasta la relativa schadenfreude con la que algunos comentaristas se han despachado sobre la crisis europea y, en particular, sobre la catástrofe española. Y para eso han de servir los libros, a veces mal llamados de periodismo, porque al calificarlos así, aun inadvertidamente, se está rebajando el octanaje de la operación, como si la historia instantánea, que es lo que es la obra de Montes-Castillo, estuviera por ello necesariamente falta de homologación intelectual o académica.

El periodismo, al que con demasiada frecuencia se le aplican adjetivos que lo deforman: literario, político, internacional, económico, como si cada uno de ellos fuera un compartimiento aislado, cuando periodismo solo hay uno —impreso y digital—, dotado de unas técnicas determinadas que permiten hablar, más apropiadamente, de periodismo sobre la cultura, sobre la economía, sobre el mundo exterior, etc., y que alcanza en este caso una valoración excepcional. Nos encontramos ante un libro periodístico que lo abarca casi todo: el aspecto histórico contextual del país y personal de las protagonistas; lo intrincado de la política nacional; el pulso hasta psicológico de una sociedad durante años cruciales; las entretelas de la Concertación y una derecha, que hay quien ha llamado cainita, hasta esa actualidad que el tópico español llama “rabiosa” por lo inmediata. Y todo con la imprescindible urgencia del mejor periodismo.

En una ocasión, no tan en plan boutade como pudiera parecer, dije que los periodistas se dividían en dos categorías: los que eran rápidos y los que no eran periodistas. Saltaron, por supuesto, sobre mí todos los portaestandartes de la ponderación, la “objetividad”, la verificación de las fuentes —curiosamente, nadie del fair play—, como si la rapidez excluyera de oficio cualquiera de las excelencias mencionadas, y como si cupiera dudar de que la rapidez solo era una precondición necesaria pero nunca suficiente, del mejor periodismo. Y ocurre que, más aun en tiempos del digital, el periodista rápido lleva varias cabezas de ventaja sobre el que no lo es, entre otras cosas porque su misma rapidez le deja más tiempo para corroborar, para seleccionar sus argumentos, para releerse y depurar el texto y, especialmente, para cumplir con la hora de cierre en el impreso y con la velocidad crucero imprescindible del digital. Y las dos periodistas que firman el libro son, como sé por experiencia de una, y fuentes fidedignas de otra, periodistas que llegan muy a tiempo a su cita con los lectores. Matthei y Bachelet, Bachelet y Matthei, deberían congratularse muy particularmente por ello.

Miguel Ángel Bastenier

Premio María Moors Cabot 2012 de Columbia

Analista internacional de El País de España

Maestro de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) de Gabriel García Márquez, Colombia

Madrid, España, septiembre de 2013

Solapa del libro

Por Jon Lee Anderson

A cuarenta años del golpe, “Hijas de general” es una historia extraordinaria que llega a las profundidades de los chilenos. El relato de un duelo largo que sigue, imbuido de dolor pero camuflado de cortesías y lealtades. Michelle Bachelet y Evelyn Matthei, compañeras de juegos en la infancia. Dos mujeres marcadas por una guerra civil sangrienta, que dejó a un padre muerto de por medio y otro padre que no hizo nada para salvarlo, que se encuentran después de las décadas convertidas en candidatas rivales para la presidencia. Su desafío es el mismo que el de Chile: ¿se enfrentan para las rencillas o hacen las paces? Escrita por dos excelentes periodistas, Rocío Montes y Nancy Castillo, “Hijas de general” es una crónica tan desgarradora como vívida, aleccionadora para la Historia de Chile y de lectura obligada.

El templo del periodista

El templo del periodista

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) - Foto: Ailton Silva

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) – Foto: Ailton Silva

Por Claudia Antunes

LER A VERSÃO EM PORTUGUÊS: O templo do jornalista

A pesar de contar con más de 30 años de experiencia, el periodista estadounidense Jon Lee Anderson todavía siente aprensión cuando se dispone a redactar un reportaje largo.

Se pasa tres días dando vueltas en torno a su escritorio, haciendo lo que él llama «la preparación del templo», ordenando todo el material recogido durante la investigación. Cuando por fin se sienta frente al computador, se pasa una semana trabajando en las primeras mil palabras del texto, las que establecen la voz del autor. Una vez que tiene lista esa parte y le ha quedado bien, el resto del artículo le resulta más fácil.  Tarda en promedio unas 3 semanas en redactar 10.000 palabras, que es el tamaño medio de los reportajes que publica en la revista NewYorker.

Jon Lee Anderson contó cómo es para él el proceso de la escritura el jueves 7 de noviembre, en el marco del taller de reportaje organizado en Rio de Janeiro por la FNPI (Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano), las revistas brasileñas piauí y serrote y el IMS (Instituto Moreira Salles). Explicó que no suele preparar un esquema,  y que le gusta empezar sus reportajes describiendo el lugar en el que se va a desarrollar la historia.  «Un reportaje debe moverse dentro de un tiempo y un espacio acotados» afirmó.

La sesión del cuarto y penúltimo día se dedicó a repasar los borradores de los reportajes que están preparando los 16  participantes. Los temas escogidos por la mayoría tienen que ver con la desigualdad social palpable en la ciudad. «Podría considerarse un cliché, pero es cierto que es prácticamente imposible venir a Rio de Janeiro y no notar el contraste entre la parte urbanizada y las favelas». Concedió que muchas veces un lugar desconocido –como es el caso de Rio para algunos de los periodistas que vinieron de fuera para participar en estas clínicas— termina por revelarse como más complejo de lo que sugiere la primera impresión. Sin embargo, esa mirada virgen es importante, según él, porque permite captar detalles que quien conoce bien una ciudad o país no llega a percibir.

Durante el análisis de los textos, los periodistas extranjeros y el propio profesor descubrieron que en Brasil no se entiende por crónica el mismo tipo de artículo medianamente largo que se designa de esa manera en el resto de países latinoamericanos. Para los brasileños la crónica es más breve y lleva una fuerte impronta personal, pues se basa en las observaciones personales del autor acerca una escena o acontecimiento cotidiano. Se trata de una tradición nacional que se mantiene viva y cuenta con exponentes de la talla de Rubem Braga, Paulo Mendes Campos y Nelson Rodrigues. Otra discusión interesante giró en torno a la inclusión de los conductores de taxi en los reportajes. En palabras de Anderson, «el mundo está lleno de taxistas geniales, pero por eso mismo no entran en mis textos, porque es una solución demasiado fácil».

La jornada del jueves fue larga. Por la noche el periodista norteamericano participó en un debate, abierto al público, que se celebró en el auditorio del IMS. El evento, de dos horas de duración, reunió a más de 130 personas que escucharon algunas de las aventuras y desventuras del experimentado reportero en Cuba, Afganistán, Irak y Bolivia entre otros lugares. Contó que está seguro de haber visto a Saddam Hussein al volante de un jeep dos semanas después de la invasión de su país  por parte de Estados Unidos, y que la vez que más riesgo corrió fue cuando lo capturó la Yihad Islámica en la franja de Gaza. Los guerrilleros no hicieron caso de sus reclamaciones de que era periodista. Ellos estaban convencidos de que era israelí y estaban a punto de apedrearlo cuando uno se acordó de que lo había visto antes. Con eso se aplazó la ejecución, y Jon tuvo oportunidad de escaparse, en plena batalla entre los militantes y soldados de Israel.

El periodista invitado no se guardó su opinión sobre el caso del exespía Edward Snowden, que pasó documentos de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos) al periodista Glenn Greenwald, que casualmente reside en Brasil. Anderson declaró que, sin entrar en el debate acerca de la extensión de la red de espionaje norteamericana, no le cuadra que Snowden se haya asilado en un país como Rusia en el que varios periodistas han sido muertos y amenazados en los últimos años. Afirmó también que no considera que Julian Assange, fundador de Wikileaks, sea periodista. «Él lo que es es un anarquista utópico».

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O templo do jornalista

O templo do jornalista

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) - Foto: Ailton Silva

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) – Foto: Ailton Silva

Por Claudia Antunes

LEE LA VERSIÓN EN ESPAÑOL: El templo del periodista

Mesmo depois de mais de 30 anos de jornalismo, o repórter americano Jon Lee Anderson ainda fica ansioso antes de começar a escrever uma reportagem longa. Ele passa três dias rondando o escritório e fazendo o que chama de “preparo do templo” – a arrumação do material colhido durante a apuração. Quando finalmente senta-se diante do computador, passa uma semana trabalhando nas primeiras mil palavras do texto, aquelas que estabelecem a “voz do autor”. Depois que esse trecho fica pronto e bom, o resto do artigo sai mais fácil. Em média, o jornalista leva cerca de três semanas para escrever 10 mil palavras, o tamanho médio das reportagens que publica na revista New Yorker.

Jon Lee Anderson falou do seu processo de escrita na quinta-feira 7 de novembro, durante os trabalhos da oficina de reportagens organizada no Rio pela FNPI (Fundação Gabriel García Márquez para o Novo Jornalismo Iberoamericano), as revistas brasileiras piauí e serrote e o Instituto Moreira Salles, o IMS. Ele contou que não costuma fazer um roteiro antes de começar a escrever, e que gosta de começar suas reportagens com uma descrição do lugar em que a história está situada. “Uma reportagem deve se movimentar no tempo e no espaço”, disse.

O quarto e penúltimo dia da oficina foi dedicado à revisão de rascunhos das reportagens que os 16 jornalistas participantes estão preparando. O tema de grande parte delas está relacionado à desigualdade social na cidade. “É um clichê, mas é quase impossível vir ao Rio e não notar o contraste entre asfalto e favela”, disse Jon Lee. Ele concordou que muitas vezes um lugar desconhecido – como é o caso do Rio para alguns dos repórteres que participam da oficina – pode se revelar mais complexo do que a primeira impressão sugere. Mas disse que o olhar virgem é importante porque permite ao jornalista captar detalhes que quem conhece bem uma cidade ou um país não percebe mais.

Durante a análise dos textos, os jornalistas de países vizinhos – e o próprio professor – fizeram uma descoberta: para os brasileiros, o que se chama de “crônica” não é uma narrativa jornalística longa, como se entende nos demais países latino-americanos. Crônica, no Brasil, é um texto mais curto e com forte marca pessoal, baseado nas observações do autor sobre uma cena ou evento do cotidiano. É uma tradição nacional que se mantém viva nos jornais e teve expoentes como Rubem Braga, Paulo Mendes Campos e Nelson Rodrigues. Outra discussão interessante foi sobre o uso de motoristas de táxi como personagens de reportagens. Jon Lee disse que “o mundo está cheio de taxistas  geniais”, mas, por isso mesmo, eles não entram nos textos que escreve. “É uma solução fácil demais.”

A quinta-feira foi longa. À noite, Jon Lee Anderson participou de um debate de duas horas, aberto ao público, no auditório do IMS. O evento reuniu mais de 130 pessoas. O jornalista relatou experiências de trabalho em Cuba, no Afeganistão, no Iraque e na Bolívia. Contou que acredita ter visto Saddam Hussein ao volante de um jipe duas semanas depois da invasão do Iraque pelos Estados Unidos. Disse que a ocasião em que mais correu risco de vida foi ao ser capturado por integrantes da Jihad Islâmica na Faixa de Gaza. Seus captores ignoraram seus protestos de que era jornalista. Acreditavam que era israelense e estavam prestes a apedrejá-lo quando um deles lembrou-se de tê-lo visto antes. A execução foi adiada e Jon Lee pôde fugir, em meio a uma batalha entre os militantes e soldados de Israel.

O repórter americano também opinou sobre o caso do ex-espião Edward Snowden, que repassou documentos da NSA, a Agência de Segurança Nacional dos Estados Unidos, ao jornalista Glenn Greenwald (que, por acaso, vive no Brasil). Jon Lee disse que, independentemente do debate sobre a extensão da rede de espionagem americana, ele não convive bem com o fato de Snowden ter se asilado na Rússia, onde jornalistas foram mortos e ameaçados nos últimos anos. Afirmou também que não considera que Julian Assange, fundador da organização Wikileaks, seja um jornalista. “Ele é um anarquista utópico.”

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«No se trata de poner al lector a trabajar»: Jon Lee Anderson

«No se trata de poner al lector a trabajar»: Jon Lee Anderson

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) - Foto: Ailton Silva

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) – Foto: Ailton Silva

Por Claudia Antunes

LER A VERSÃO EM PORTUGUÊS: “Não devemos obrigar o leitor a ter trabalho”

Cuando se escribe un reportaje hay que procurar no dar trabajo al lector, declaró el periodista estadounidense Jon Lee Anderson. Una dosis de suspense sobre el destino de los personajes y el desenlace del relato capta la atención de las personas que lo lean, pero si no se explica claramente el asunto central del artículo, es posible que desistan de terminarlo.

Este miércoles 6 de noviembre el reportero de New Yorker dio inicio a una nueva etapa en los trabajos del taller de reportaje que han organizado en Rio de Janeiro la FNPI (Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano), las revistas piauí y serrato y el Instituto Moreira Salles. Tras conversaciones individuales con los 16 participantes de la clínica de periodismo –que están elaborando cada uno un reportaje sobre la ciudad—el profesor comenzó a repasar los primeros borradores.

Le gustó el inicio de uno que trata sobre José Júnior, líder de la ONG AfroReggae. José Júnior se dedica a la educación de jóvenes en favelas de Rio y en ocasiones ha hecho de mediador entre traficantes de drogas y las autoridades. Es un personaje muy conocido entre los cariocas que hace poco recibió amenazas de muerte y ahora vive vigilado por policías de  élite.

De una forma contrastante, el reportaje abría con una escena en que José Júnior intenta enseñarle al periodista a hacer meditación. «Es una escena inverosímil, y lo paradójico hace que un texto llame la atención», comentó el experimentado reportero norteamericano.

Recordó a sus alumnos que el contar con muchas escenas interesantes, además de volver más agradable la lectura, permite ir intercalando en el artículo los datos fríos, explicativos; en este caso el hecho de que los policías que custodian a José Júnior proceden del Bope (Batallón de Operaciones Especiales de la Policía Militar de Rio) y de la Core (Coordinadora de Recursos Especiales de la Policía Civil).

El segundo borrador que analizó trataba sobre el juego del bicho, un tipo de lotería que es ilegal pero tolerada por la policía de Rio (hay puestos de venta del bicho en las vías públicas de todos los barrios de la ciudad). El texto comenzaba haciendo que el lector acompañase al autor mientras trataba de entender cómo funciona ese juego clandestino. A Anderson le pareció que había quedado confuso. Su consejo fue cambiar el inicio y más bien presentar la descripción del contexto geográfico e histórico de la práctica del juego del bicho.

Según el profesor, el recurso de utilizar el proceso de investigación como ingrediente en un reportaje debe usarse con parquedad. «No se trata de poner al lector a trabajar», afirmó. Asimismo, explicó que solo utiliza la primera persona en la redacción de un texto cuando le parece que es muy necesario para que el lector comprenda lo que cuenta.

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“Não devemos obrigar o leitor a ter trabalho”: Jon Lee Anderson

“Não devemos obrigar o leitor a ter trabalho”: Jon Lee Anderson

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) - Foto: Ailton Silva

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) – Foto: Ailton Silva

Por Claudia Antunes

Lee la versión en español: «No se trata de poner al lector a trabajar»

Quando se escreve uma reportagem é preciso evitar dar trabalho ao leitor, disse o jornalista americano Jon Lee Anderson. Uma dose de suspense sobre o destino dos personagens e da história ajuda a manter a atenção da pessoa que está lendo, mas adiar uma explicação clara sobre o tema central do artigo pode levá-la a desistir da leitura. O repórter da revista New Yorker começou nesta quarta-feira, dia 6 de novembro, uma nova etapa dos trabalhos da oficina de reportagens organizada no Rio de Janeiro pela FNPI (Fundação Gabriel García Márquez para o Novo Jornalismo Iberoamericano), as revistas brasileiras piauí e serrote e o Instituto Moreira Salles. Depois de conversas individuais (as chamadas “clínicas”) com os 16 participantes da oficina – cada um deles está produzindo uma reportagem na cidade –, o professor começou a analisar os primeiros rascunhos de textos. Ele gostou da abertura de uma reportagem sobre José Júnior, líder da ONG AfroReggae. José Júnior atua na educação de jovens em favelas do Rio e já mediou negociações entre traficantes de drogas e autoridades. Personagem conhecido dos cariocas, ele foi recentemente ameaçado de morte por criminosos e agora vive sob a guarda de policiais de elite. Em contraste com essa situação, a reportagem abria com uma cena em que José Júnior tentava ensinar a jornalista a fazer meditação. “É uma cena inverossímil, e o paradoxo é chamativo em um texto”, comentou Jon Lee. Ele lembrou que ter à mão muitas cenas interessantes, além de tornar a leitura mais aprazível, é um bom veículo para encaixar no texto dados “duros”, explicativos – no artigo em questão, esse era o caso da informação de que os policiais que fazem a guarda de José Júnior são do Bope, o Batalhão de Operação Especiais da Polícia Militar do Rio, e da Core, a Coordenadoria de Recursos Especiais da Polícia Civil. O segundo rascunho analisado era sobre o jogo do bicho, um tipo de loteria que é ilegal, mas tolerada pela polícia do Rio (existem bancas de apostas do jogo do bicho nas ruas de todos os bairros da cidade). No início do texto, o repórter tentou fazer com que o leitor acompanhasse sua própria tentativa de entender como o jogo do bicho funcionava. Jon Lee Anderson achou que o resultado ficou confuso. Ele aconselhou o autor a mudar a abertura, usando uma cena em que era descrito o contexto geográfico e histórico da prática do jogo do bicho. Segundo o professor, o recurso de utilizar o processo de apuração como ingrediente da reportagem deve ser adotado com parcimônia.  “Não devemos obrigar o leitor a ter trabalho”, afirmou. Jon Lee disse também que só costuma usar a primeira pessoa na redação do texto quando acha que isso é muito necessário para que o leitor entenda a história.

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Entrevistas entre o bate-papo e a guerra – Oficina de reportagens com Jon Lee Anderson

Entrevistas entre o bate-papo e a guerra – Oficina de reportagens com Jon Lee Anderson

Taller de Reportajes con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) - Fotografías: Ailton Silva

Taller de Reportajes con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) – Fotografías: Ailton Silva

Por Claudia Antunes

LEE LA VERSIÓN EN ESPAÑOL: Entrevistas: entre la charla y la guerra

Entre junho e agosto de 2006, jatos israelenses bombardearam o Líbano durante 34 dias. Na ofensiva contra o grupo xiita Hezbollah, mais de 300 edifícios na região sul de Beirute foram derrubados e mais de 1.200 pessoas foram mortas, a maioria civis. No dia seguinte ao cessar-fogo, o repórter americano Jon Lee Anderson saiu para percorrer a cidade e constatou que ela estava tomada por cartazes e faixas que saudavam a “vitória divina” do Hezbollah. Nos bairros xiitas, militantes do grupo entregavam 15 mil dólares a cada família que tinha perdido sua casa, além de prometer um novo teto aos desabrigados. Calculou-se, disse Jon Lee, que o Irã, aliado do Hezbollah,  gastou de 4 a 5 bilhões de dólares nessa operação de conquista de corações e mentes.

“E agora, o que vocês vão fazer?”, perguntou Jon Lee Anderson ao embaixador americano em Beirute na época, Jeffrey Feltman, depois de lhe contar o que vira nas ruas. O rosto de Feltman ficou vermelho e ele se levantou, agitado. Os Estados Unidos tinham fornecido a Israel as bombas usadas nos ataques. Agora, ofereciam ao Líbano 14 milhões de dólares para reconstituir a frota de carros da polícia. “Só isso?”, quis saber o repórter. O embaixador, constrangido, ligou para um senador em Washington, tentando arrancar mais dinheiro do Congresso. “Era como ver alguém nadar e se afogar ao mesmo tempo”, descreveu Jon Lee. O que funcionou na entrevista, concluiu o repórter da New Yorker, foi o fato de estar munido de informações capazes de obrigar seu interlocutor a abandonar o discurso diplomático convencional.

“Numa entrevista, é preciso estar preparado para a guerra mesmo usando mecanismos de amizade”, disse Jon Lee Anderson nesta terça-feira, dia 5 de novembro, aos 16 jornalistas latino-americanos que participam no Rio de Janeiro da oficina de reportagens organizada pelo FNPI (Fundação Gabriel García Márquez para o Novo Jornalismo Iberoamericano), as revistas brasileiras piauí e serrote e o Instituto Moreira Salles. Preparar-se para a guerra não significa necessariamente ser agressivo; na maioria das vezes, quer dizer ter informações que possam levar o entrevistado a fazer revelações novas ou mostrar alguma faceta de sua personalidade até então desconhecida do público.

Jon Lee deu o exemplo de quando entrevistou o ex-ditador chileno Augusto Pinochet para um perfil publicado na New Yorker, em 1998. Sua meta foi deixar Pinochet à vontade. Para isso, serviu-lhe muito ter descoberto que o general era alguém fascinado pelo poder, a ponto de batizar os filhos com nomes de imperadores romanos. Às vezes, disse o repórter, também funciona fazer perguntas inesperadas, tomando como álibi objetos do ambiente em que o entrevistado se encontra, como livros e porta-retratos. Jon Lee Anderson descobriu, por exemplo, que John Negroponte, embaixador americano em Honduras durante as “guerras sujas” dos anos 80 na América Central, tinha adotado várias crianças hondurenhas. Como era possível dizer que o país tinha sido violentado pelas políticas do governo Reagan, Jon Lee viu no gesto da adoção o possível sinal de uma tentativa freudiana de compensação.

O repórter americano contou que, quando jovem, ficou impressionado com o livro Entrevistas com a História, de Oriana Fallaci. A jornalista italiana tinha um estilo muito agressivo e famosamente tirou o véu no meio do seu encontro com o aitolá Khomeini (a partir daí, brincou Jon Lee, o líder religioso iraniano nunca mais deu entrevistas). Na sua vida, profissional, entretanto, Jon Lee Anderson constatou que precisava ter um “estilo misto”. Sua preferência é manter uma conversa amistosa o suficiente para fazer o o entrevistado abrir a guarda. “Sou pouco agressivo, a não ser quando perco a paciência.” Isso aconteceu, por exemplo, numa entrevista coletiva de Roberto D’Aubuisson, o notório chefe dos esquadrões da morte de El Salvador nos anos 70 e 80. Jon Lee ficou irritado quando percebeu que os jornalistas o tratavam como um político comum. Então perguntou-lhe quantos comunistas ele achava que era necessário matar para levar a paz a El Salvador. D’Aubuisson o olhou fixamente e disse: “Essa é uma pergunta muito inconveniente.” Os guarda-costas dele miraram o repórter como quem pergunta: “O matamos agora ou depois, chefe?”.

Entrevistas: entre la charla y la guerra – Taller de reportajes con Jon Lee Anderson

Entrevistas: entre la charla y la guerra – Taller de reportajes con Jon Lee Anderson

Taller de Reportajes con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) - Fotografías: Ailton Silva

Taller de Reportajes con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) – Fotografías: Ailton Silva

Por Claudia Antunes

LER A VERSÃO EM PORTUGUÊS: Entrevistas entre o bate-papo e a guerra

En julio y agosto de 2006 el Líbano sufrió un bombardeo aéreo israelí que duró 34 días. En la ofensiva contra el grupo chiita Hezbolá quedaron destruidos más de 300 edificios de la zona sur de Beirut, y murieron más de 1200 personas, en su mayoría civiles. Al día siguiente de declarado el alto el fuego el periodista estadounidense Jon Lee Anderson recorrió la ciudad y observó que estaba plagada de carteles que celebraban la «victoria divina» de Hezbolá. En los barrios chiitas militantes del grupo entregaban 15.000 dólares a cada una de las familias que hubiera perdido su casa, además de prometerles una nueva vivienda. Se calculó que Irán, aliado de Hezbolá, se gastó entre 4 y 5 mil millones de dólares en esa operación de conquista de mentes y corazones.

«Y ¿qué van a hacer los Estados Unidos ahora?» preguntó el reportero al embajador en Beirut en esa época, Jeffrey Feltman, tras contarle lo que había visto en las calles de la ciudad. Cuenta que éste se puso en pie para responder, azorado y visiblemente incómodo. Los norteamericanos le habían suministrado a Israel las bombas utilizadas en los ataques, y ahora le ofrecían al Líbano 14 millones de dólares para reconstituir la flota automovilística de la policía. «¿Eso es todo?» replicó Jon Anderson. El embajador, sin poder ocultar su vergüenza, llamó a Washington, a un senador, para pedirle que consiguiera que el Congreso aprobara más fondos. «Era como contemplar a alguien que se está ahogando por mucho que se esfuerza por nadar» cuenta el periodista de New Yorker recordando el momento. Lo que le dio resultado en aquella entrevista fue llegar premunido de información con la que pudo obligar a su interlocutor a abandonar el discurso diplomático convencional, concluyó.

«Cuando se hace una entrevista hay que estar preparado para la guerra, aunque se utilicen mecanismos amistosos» declaró Jon Lee Anderson este martes 5 de noviembre a los 16 periodistas latinoamericanos que participan, en Rio de Janeiro, del taller de reportaje organizado por la FNPI (Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano), las revistas brasileñas piauí y serrote y el Instituto Moreira Salles. Con prepararse para la guerra no se refería a ser agresivo. La mayor parte de las veces consiste en contar con datos e información que puedan llevar al entrevistado a hacer una nueva revelación o a mostrar una faceta de su personalidad desconocida para el público hasta ese momento.

El conferencista puso como ejemplo la vez que entrevistó al exdictador Augusto Pinochet para un perfil que publicó en New Yorker en 1998. Se propuso conseguir que Pinochet se sintiera cómodo, para lo cual le ayudó mucho enterarse de que le fascinaba el poder, hasta tal punto que bautizó a sus hijos con nombres de emperadores romanos. A veces también da buen resultado hacer preguntas inesperadas, apoyándose en algún objeto de los que rodeen al entrevistado, como pueden ser libros o retratos. En una ocasión, por ejemplo, Jon Anderson descubrió que John Negroponte, embajador estadounidense en Honduras en la época de las guerras sucias de Centroamérica, allá por los años ochenta, había adoptado a varios niños hondureños. Como se podía decir que el país había sufrido violencia por culpa de las políticas del gobierno de Reagan, John se planteó si el gesto de la adopción podía indicar un mecanismo de compensación en términos freudianos.

Otro detalle que contó fue que, de joven, le impresionó el libro Entrevistas con la historia de Oriana Fallaci. La periodista italiana solía desplegar un estilo muy agresivo. Es famosamente conocida por sacarse el velo en medio de su encuentro con el ayatolá Jomeini (desde entonces, bromeó John Lee, el dirigente iraní no volvió a dar entrevistas).

Sin embargo, Anderson ha comprobado que en su vida profesional debe adoptar un estilo «mixto». Prefiere mantener la conversación lo suficientemente amistosa para que el entrevistado baje la guardia. «Yo soy poco agresivo, a no ser que pierda la paciencia». Eso fue lo que le sucedió en una entrevista colectiva que concedió Roberto D’Aubuisson, el tristemente célebre jefe de los escuadrones de la muerte de El Salvador en los años 70 y 80. Jon se irritó cuando se dio cuenta de que los periodistas lo trataban como si se tratara de un político más. Entonces le preguntó que a cuántos comunistas consideraba que había que matar para llevar la paz a El Salvador. D’Aubuisson lo miró fijamente mientras respondió: «Esa es una pregunta muy incómoda», y sus guardaespaldas hicieron un gesto como preguntándole: «¿Lo matamos enseguida o más tarde, jefe?»

«Escribir un reportaje es como visitar una ciudad desconocida»: Jon Lee Anderson

«Escribir un reportaje es como visitar una ciudad desconocida»: Jon Lee Anderson

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) - Foto: Ailton Silva

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) – Foto: Ailton Silva

Por: Claudia Antunes

Foto: Ailton Silva

Ler a versão em Português: «A reportagem é uma cidade desconhecida»: Jon Lee Anderson

«Comenzar un reportaje debería ser como llegar a una ciudad desconocida. Si cada vez pensáramos: No sé nada, generaríamos un periodismo maravilloso en vez de apenas pasable», declaró el periodista norteamericano Jon Lee Anderson esta mañana del lunes 4 de noviembre, en la inauguración del taller de reportaje organizado en Rio de Janeiro por la FNPI (Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano), las revistas brasileñas piauí y serrote y el Instituto Moreira Salles.

A Jon Lee Anderson, que trabaja para New Yorker, se le ocurrió esa metáfora para el trabajo del reportero al encontrarse frente a los dieciséis colegas que participan en el taller; apenas cinco son brasileros, y once provienen de otros países latinoamericanos. Durante esta semana cada uno producirá un reportaje bajo su orientación. Bastantes se encuentran en Rio por primera vez. Otros se presentaron como periodistas especializados en cultura, economía o política.

El profesor los invitó a todos a desembarazarse de las visiones preconcebidas y de la compartimentación que se suele hacer en este trabajo y en cuanto a la propia realidad. Lo importante, según él, es aproximarse a cualquier realidad con una actitud de curiosidad a fin de entenderla y para tratar de reflejarla de la mejor manera posible. Ser extranjero en Rio y no hablar portugués se puede considerar incluso una ventaja. «Los que están en esa situación tienen que valerse de todos los sentidos: el olfato, el tacto, la vista. Es muy posible que los que vienen de fuera vean cosas que los cariocas no ven».

Otro de los temas recurrentes en las reflexiones que hizo Jon Lee Anderson acerca de sus experiencias de campo fue la importancia de observar con atención y la de confiar en el propio instinto. Resaltó ese aspecto del oficio al comentar dos reportajes que hizo: uno sobre Haití poco después del terremoto de febrero de 2010, y otro en 2009 sobre las bandas de narcotraficantes que imponen el dominio armado en las favelas de Rio de Janeiro.

Él llegó a Haití sin conocer el país y con poquísimos contactos. Tenía la obligación de hacer algo original, en medio de miles de reporteros de todas partes del mundo que cubrían también la tragedia. Se pasó tres días mirando por todas partes sin saber exactamente qué buscaba, hasta que el instinto lo llevó a concentrarse en Nadia François, una haitiana que había sido expulsada de Estados Unidos y que tras el terremoto asumió el papel de líder en una comunidad de indigentes de las afueras de Puerto Príncipe. Jon Lee la vio por primera vez cuando cruzaba una calle por la que él transitaba en carro, seguida por un puñado de niños. Le llamó la atención que la mujer no caminara como un zombi encorvado, como veía a la mayoría de los haitianos que vagaban desesperados por doquier, sino como una gacela, muy digna. Cinco horas después la volvió a ver, y seguía buscando comida rodeada de sus muchachos. En ese momento decidió contar su historia.

En el reportaje sobre los narcotraficantes Jon Lee Anderson terminó por concentrar la atención de su relato en el caso de Fernandinho, jefe del morro de Dendé, situado en la Isla del Gobernador, el mismo barrio donde queda el aeropuerto internacional de Rio. Llegó hasta él a través de un pastor evangélico llamado Sydney. Al mismo tiempo recorrió otros barrios controlados en esa época por el tráfico, como el Complexo do Alemão, una de las mayores favelas de la ciudad. Allá entró en contacto con otro pastor conocido por los traficantes, Marcos Pereira. Pero su instinto le decía que éste no era de fiar. «Me sentí como si me hubiera metido en una secta», cuenta. Por eso no le sorprendió enterarse de que actualmente Marcos está preso, condenado por estupro de fieles de su iglesia.

El tercer tema que se abordó en la primera jornada del taller fue el trato ético de los entrevistados. Lo sacó a colación Daniel Pardo, que trabaja en Colombia para la BBC y acaba de hacer un reportaje sobre los contrabandistas que venden gasolina de Venezuela en su país. ¿Se debe revelar la identidad de esas personas? Jon Lee Anderson respondió que no existe un código de ética único que cubra a todas las personas en todos los casos. Contó que él mismo, cuando contó la historia de la haitiana Nadia François, se saltó detalles que podrían perjudicarla. La obligación de un periodista de comportarse éticamente con el entrevistado puede incluir a los delincuentes, «nuestra función no es joder a los demás», pero no a quien tiranice la vida de otras personas, se trate de un dictador o un traficante.

Observación interesante: Jon Lee Anderson dice que no le gusta mucho usar la grabadora, aunque veces lo hace, cuando sabe que tiene que citar textualmente las declaraciones. «Cuando grabo no me acuerdo de nada; es como si se me desconectara una parte del cerebro», contó. Sí acostumbra tomar muchas notas, luego escribir según lo que recuerda, y escuchar la grabación solo para confirmarlo. «Lo que pasa ahí es que ¡ojo! ¡La memoria siempre embellece las citas!», advirtió, provocando una risotada general.

 

«A reportagem é uma cidade desconhecida»: Jon Lee Anderson

«A reportagem é uma cidade desconhecida»: Jon Lee Anderson

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) - Foto: Ailton Silva

Taller de Reportaje con Jon Lee Anderson (Río de Janeiro, 2013) – Foto: Ailton Silva

Por: Claudia Antunes

Foto: Ailton Silva

Lee la versión en español: «Escribir un reportaje es como visitar una ciudad desconocida»: Jon Lee Anderson

“Começar uma reportagem deveria ser como estar em uma cidade desconhecida. Se a cada vez pensássemos ‘eu não sei nada’, faríamos um jornalismo maravilhoso e não apenas passável”, disse o jornalista americano Jon Lee Anderson na manhã desta segunda-feira, 4 de novembro, na abertura da oficina de reportagens organizada no Rio de Janeiro pela FNPI (Fundação Gabriel García Márquez para o Novo Jornalismo Iberoamericano), as revistas brasileiras piauí e serrote e o Instituto Moreira Salles.

Jon Lee Anderson encontrou essa metáfora para o trabalho do repórter  na própria composição dos participantes da oficina. São 16 jornalistas, dos quais cinco brasileiros e 11 de outros países latino-americanos. Durante cinco dias cada um deles produzirá uma reportagem sob a orientação de Jon Lee, repórter da New Yorker. Muitos dos participantes vieram pela primeira vez ao Rio; outros, ao se apresentarem, se definiram como jornalistas especializados em cultura, economia ou política.

O professor convidou a todos a se livrarem das visões preconcebidas e das formas em que seu trabalho e a própria realidade são “encaixotados”, compartimentalizados. O importante, disse ele, é se aproximar de uma realidade de uma posição de curiosidade, para entendê-la e tentar refleti-la da melhor forma possível. Ser estrangeiro no Rio e não falar português, completou, pode até ser uma vantagem. “Esses têm que usar todos os sentidos, o olfato, o tato, a visão. Os que vêm de fora talvez vejam coisas que os cariocas não veem.”

A importância de o repórter prestar atenção e confiar no próprio instinto foi outro tema recorrente nas reflexões do Jon Lee Anderson sobre suas experiências em campo. Ele salientou esse aspecto do ofício ao comentar duas reportagens que fez: uma no Haiti, logo depois do terremoto de fevereiro de 2010, e outra, em 2009, sobre as quadrilhas do narcotráfico que impõem o domínio armado em favelas no Rio de Janeiro.

Ele chegou ao Haiti sem conhecer o país e com pouquíssimos contatos. Tinha a obrigação de fazer algo original em meio a milhares de jornalistas do mundo inteiro que também cobriam a tragédia. Passou três dias olhando tudo sem saber exatamente o que procurava, até que o instinto o levou a se concentrar em Nadia François, uma haitiana que havia sido expulsa dos Estados Unidos. No terremoto, ela assumiu o papel de líder de uma comunidade miserável nos subúrbios de Porto Príncipe. Jon Lee a viu pela primeira vez cruzando a estrada em que ele trafegava de carro. Ela era seguida por um grupo de meninos. Lhe chamou a atenção que Nadia não caminhasse como um zumbi encurvado, como a maioria dos haitianos que vagavam pelas ruas desesperados, mas como uma gazela, com as costas eretas. Cinco horas depois, ele a viu de novo com o grupo de garotos, sempre em busca de comida. Foi quando decidiu investir na história dela.

Na reportagem sobre os narcotraficantes, Jon Lee Anderson acabou concentrando seu relato no caso de Fernandinho, chefe do morro do Dendê, na Ilha do Governador, o mesmo bairro onde fica o aeroporto internacional do Rio. Chegou até Fernandinho através de um pastor evangélico, Sidney. Mas Jon Lee percorreu também outras comunidades controladas na época pelo tráfico, incluindo as do Complexo do Alemão, uma das maiores favelas da cidade. Lá, travou contato com outro pastor conhecido dos traficantes, Marcos Pereira. Mas “alguma coisa” lhe disse que esse pregador não era confiável. “Me senti como se estivesse numa seita”, contou. Jon Lee não ficou surpreso agora quando soube que o pastor Marcos está preso, condenado pelo estupro de fieis de sua igreja.

Um terceiro assunto abordado nas discussões da primeira jornada da oficina de reportagens foi como tratar eticamente os entrevistados. O tema foi levantado por Daniel Pardo, que trabalha na Colômbia para a BBC e acabou de fazer uma reportagem sobre contrabandistas de gasolina da Venezuela para seu país. Deveria a identidade deles ser revelada? Jon Lee Anderson respondeu que não há um código de ética que inclua todas as pessoas nas mesmas prescrições. Contou que ele próprio deixou de incluir na matéria sobre o Haiti detalhes da vida de Nadia François que poderiam prejudicá-la. Os deveres éticos dos jornalistas podem incluir os malandros, disse (“não é nossa função foder os demais”), mas não quem exerce um poder ditatorial sobre a vida dos outros, seja um ditador ou um traficante.

Uma nota interessante: Jon Lee Anderson disse que não gosta muito de usar o gravador, embora às vezes o faça quando sabe que tem que citar textualmente as declarações. “Quando gravo, não me lembro de nada. É como se uma parte do cérebro estivesse apagada”, contou. Ele costuma tomar muitas notas, escrever de memória e ouvir o que gravou apenas para confirmar. “Lo que pasa aí es que ojo! La memoria siempre mejora las citas!”, advertiu, para risada geral.

El puercoespín se reinventa para sobrevivir

El puercoespín se reinventa para sobrevivir

Yo Apoyo - El Puercoespín

A través de una carta abierta al público, Gabriel Pasquini convoca a la comunidad de lectores de El Puercoespín a ser parte de una nueva etapa. Dada la dificultad de sostener la plataforma donde está alojado este medio digital, el equipo encabezado por él y Graciela Mochkofsky ofrecerá suscripciones mensuales, anuales y bianuales.

Los suscriptores tendrán acceso, a partir de marzo de 2014, a una revista mensual exclusiva, libros originales gratuitos, charlas y conferencias de autores de peso internacional, así como descuentos y ofertas especiales.

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Sobre el proyecto:

Lo que sigue es un extracto del texto referido anteriormente. En él, Pasquini explica a detalle la mecánica de las suscripciones.

Lo que haremos es lo siguiente:

1) A partir de hoy, abriremos una campaña de suscripciones en el puercoespín. Una suscripción mensual costará cinco (5) dólares: el precio de una entrada de cine en la mayoría de nuestros países. Piensen en eso: por el precio de una entrada de cine, se harán dueños de un medio de comunicación que no responde a nadie más que a ustedes. Aquellos que tengan los medios o quieran hacerlo, pueden comprar una suscripción anual por 50 dólares  o una bianual por 100 dólares, o donar una cifra mayor. Pero una simple suscripción de cinco (5) dólares es suficiente para cambiarlo todo. ¡Cómprenla!

2)      Nuestro objetivo es reunir para diciembre de este año, es decir en el plazo de tres meses, un mínimo de mil (1000) suscripciones. No es suficiente para pagar nuestras cuentas, sino una base desde la cual lanzarnos: seguiremos ofreciéndolas mientras dure el puercoespín. Con dos mil (2000) suscripciones podemos pagar el contenido especial (ver punto 3) que ofreceremos, los gastos técnicos y algún magro salario a nuestros esforzados colaboradores.  Con tres mil (3.000) suscripciones, también Graciela y yo podremos cobrar algo. Con cuatro mil (4.000) suscripciones, todas nuestras cuentas estarán pagadas y el futuro del puercoespín estará asegurado: a partir de allí sólo nos queda crecer.

3)      ¿Qué beneficios tendrán los suscriptores? En marzo próximo, gracias al dinero recaudado de este modo y a nuestro propio esfuerzo, lanzaremos el club del puercoespín. Será un sitio de acceso exclusivo para suscriptores y que funcionará adentro del puercoespín.com.ar

a) El club ofrecerá todos los meses una revista exclusiva con grandes historias originales escritas por grandes periodistas y escritores, fotografías de alta calidad, y otras cosas.

b) El club ofrecerá todos los meses libros digitales (ebooks) originales o versiones digitales de libros físicos, de acceso gratuito para nuestros suscriptores. Hay ya firmada una decena de contratos con autores de primera línea de América Latina y el mundo.

c) El club ofrecerá todos los meses conferencias y charlas (vía Internet) de y con esos autores y otras figuras interesantes y relevantes de nuestra época.

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e) Los suscriptores serán los únicos autorizados a comentar las publicaciones del puercoespín en el sitio mismo. Por dos razones: porque queremos acabar con la era del comentario anónimo, que da pie a tantos abusos, y porque queremos que aquellos que están comprometidos con elpuercoespín, su comunidad, sean cada vez más quienes no sólo consumen, sino también hacen elpuercoespín.

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Confeccionario de nuevos cronistas: la crónica de autor y cinco estilos narrativos

En el marco del Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2, que se realizó en México D.F. del 10 al 12 de octubre de 2012, el periodista y escritor, JUAN VILLORO, participó de la tercera sesión del conversatorio ‘Confeccionario de nuevos cronistas’ en el que junto a cinco cronistas jóvenes charló sobre la renovación del género a través de diferentes herramientas que proporciona el autor desde su mirada subjetiva.

A continuación presentamos el video del conversatorio en el que participaron los cronistas DANIELA REA de México, DANIEL HERNÁNDEZ de Estados Unidos, EMILIANO RUIZ-PARRA de México, FEDERICO BIANCHINI de Argentina y PABLO DE LLANO de España; con la moderación del cronista JUAN VILLORO.

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CONFECCIONARIO DE NUEVOS CRONISTAS CON ALBERTO SALCEDO RAMOS

LA CRÓNICA MUTANTE: BÚSQUEDAS Y EXPERIMENTACIONES EN LA GALAXIA TRANSMEDIA

UNA CHARLA ENTRE EDITORES DE LAS REVISTAS GATOPARDO, ETIQUETA NEGRA, SOHO, ORSAI, PIAUÍ Y RADAR

JON LEE LE TOMA EL PULSO A CUATRO JÓVENES CRONISTAS

‘HACIA UN NUEVO MAPA DE TEMAS’: CHARLA DEL SEMINARIO INTERNO DEL ‘ENCUENTRO NUEVOS CRONISTAS DE INDIAS 2′

Video: Confeccionario de nuevos cronistas con Alberto Salcedo Ramos

Video: Confeccionario de nuevos cronistas con Alberto Salcedo Ramos

A lo largo del ‘Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2′, realizado en México en 2012, se realizó una serie de conversatorios denominados “Confeccionarios”: charlas entre maestros consagrados (JON LEE ANDERSONJUAN VILLORO y ALBERTO SALCEDO RAMOS) y cronistas menores de 32 años, en las que se conversó sobre las experiencias que se viven durante el desarrollo de una crónica: sus técnicas de trabajo, convicciones, tropiezos y satisfacciones.

A continuación compartimos el video del conversatorio sobre la carpintería de la crónica que se realizó durante el segundo día del encuentro. En la charla participaron los cronistas Albinson Linares de Venezuela, Joseph Zárate de Perú, Juan Fernando Andrade de Ecuador, Rocío Montes de Chile y Santiago Cruz de Colombia; con la moderación del cronista Alberto Salcedo Ramos.

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La crónica mutante: búsquedas y experimentaciones en la galaxia transmedia

Una charla entre editores de las revistas Gatopardo, Etiqueta Negra, Soho, Orsai, Piauí y Radar

Jon Lee le toma el pulso a cuatro jóvenes cronistas

‘Hacia un nuevo mapa de temas’: charla del seminario interno del ‘Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2’

 

 

Esta tarde se presentan dos nuevos libros de crónica sobre Medellín y la cultura cafetera (Colombia)

Esta tarde se presentan dos nuevos libros de crónica sobre Medellín y la cultura cafetera (Colombia)

 ‘Medellín a cuatro manos’ y ‘A traviesa» son dos nuevos libros de crónicas y fotografías que recogen el trabajo realizado en los talleres de periodismo cultural del Ministerio de Cultura de Colombia y la FNPI en 2012.

Las publicaciones se presentan este lunes 22 de abril en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, en la Sala Manuel Mejía Vallejo de Corferias, desde las 5:30 p.m.

‘A TRAVIESA: Fotografías y Crónicas del Paisaje Cultural Cafetero’

‘A traviesa’ reúne nueve crónicas y once series fotográficas sobre la cultura y la riqueza natural de esta región, catalogada por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Entre los fotógrafos y periodistas participantes, están el reportero gráfico norteamericano y maestro de la FNPI Stephen Ferry, y SANTIAGO CRUZ, uno de los ‘Nuevos Cronistas’  que integran esta guía.

El objetivo de los talleres fue registrar un paisaje en movimiento y rendir homenaje a la región cafetera, bajo la dirección del periodista argentino Gabriel Pasquini en el área de narración, y Stephen Ferry en la de fotografía.  Se realizaron entre el 27 y el 31 de agosto de 2012 en el municipio de Calarcá, Quindío, y fueron posibles gracias a una alianza del Ministerio de Cultura de Colombia con la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano FNPI y la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia.

Patricia Nieto, periodista y maestra colombiana, dirigió junto a Cristian Alarcón el Taller de Periodismo Anfibio.

‘Medellín a cuatro manos’

Esta publicación reúne nueve crónicas escritas por duplas conformadas por un periodista y un experto en el tema. La publicación es el resultado del taller que dirigieron en octubre pasado el director de la revista Anfibia y maestro de la FNPI Cristian Alarcón, y la cronista colombiana Patricia Nieto  bajo el título de ‘Taller de Periodismo Anfibio: Usos prácticos y sentidos de la ciudad’.

El libro busca provocar una aproximación a las expresiones culturales de esta ciudad colombiana a través de «crónicas anfibias», textos en los que el periodismo y el saber académico dan vida a textos investigativos, con belleza literaria y rigor descriptivo. Sus autores lo definen además como una antítesis ante la creciente ‘farandulización’ de la cultura.

Este trabajo fue auspiciado por MinCultura y la FNPI, con el apoyo de la Revista Anfibia y la Universidad Nacional de San Martín (Argentina).

LAS CRÓNICAS, LAS FOTOS, LOS AUTORES

‘A TRAVIESA: Fotografías y Crónicas del Paisaje Cultural Cafetero’

1. Chapolera de corazón / Paula Andrea Santana Sierra
2. Una familia en guerra / SANTIAGO CRUZ
3. El café no quiere a los jóvenes /Julián Andrés Aguirre Marín
4. El domador de espíritus / Carlos José Marín Calderín
5. Pero quién se ocupa de los muertos / Mónica Quintero
6. El aura de la memoria / Gloria Luz Ángel Echeverri
7. Historias de oro, ambición y guacas / Martha Karina Rotavista Pinzón
8. La mula mecánica se niega a morir / Obed Alberto Moreno Zambrano
9. Cantinflas aún torea en Manizales / Juan David Castaño

Fotografías de:

1. Adriana Pérez
2. Darío Cardona
3. Jerónimo Ribero
4. Juan Pablo Pino
5. Julio César Herrera
6. Oscar Pérez
7. José Perdomo
8. Juan José Pachón
9. Pablo Quintero
10. Nicolás Van Hemelryck
11. Stephen Ferry

‘Medellín a cuatro manos’

1. El Poeta y la ciudad / Lucía Donadío y Alfonso Buitrago Londoño
2. Río de aguas cristalinas / Alejandro González y José Ignacio Sánchez
3. El Método Pasolini / María Naranjo Restrepo y Carlos Mario Pineda
4. Los Hiperamigos / Ana María Bedoya y Óscar Roldán
5. La calle del sabor / Juan Pablo Tettay y Daniel Gómez Roldán
6. Sonata para tres / Juan Camilo Jaramillo y Ronal Castañeda
7. Esta crónica busca un mecenas / María Camila Vera y Juan Esteban Agudelo
8. Sexi, diva, nativa / Juan Jacobo Franco y Santiago Restrepo Vélez
9. “Me sacó a bailar el destino” / María Claudia Mejía y Jorge Caraballo Cordovez

Fotografo: Julián Roldán

[LEER/DESCARGAR EL LIBRO]

FECHA Y LUGAR DE LA PRESENTACIÓN

Lunes 22 de abril, 5:30 a 6:30 p.m.
Sala Manuel Mejía Vallejo, Corferias (Cr 37 Nº 24-67)

Información para prensa:
Carolina Mila
Grupo de prensa
Ministerio de Cultura
cmila@mincultura.gov.co
Teléfono: 342 41 00 Ext. 1253

Información sobre el proyecto de periodismo cultural:
Yolima Apolonia García Jaramillo
Asesora
Dirección de Comunicaciones
Ministerio de Cultura
Teléfono: (1) 350 04 04 ext. 5010
yapolonia@mincultura.gov.co

Descargue este y otros documentos de interés en nuestra biblioteca 

‘El hombre que no quería ser padre’: un gran reportaje personal

‘El hombre que no quería ser padre’: un gran reportaje personal

-En ‘El hombre que no quería ser padre’, el cronista colombiano Alfonso Buitrago se vale de la memoria, la observación y la investigación para contar, en clave de reportaje personal, la historia de una figura definitiva en la vida de todos.

-El libro, publicado por Planeta (2012) fue escrito gracias a una Beca de Creación en Periodismo Narrativo, de la Alcaldía de Medellín, Colombia. 

-Este sábado 20 de abril, desde las 4 p.m, Buitrago hará una presentación del trabajo en los ‘Días del Libro’, evento organizado en el bulevar del barrio Carlos E. Restrepo de su ciudad.

No es un reto sencillo convertir al propio padre en el tema de un reportaje. Las herramientas periodísticas pueden ser un arsenal muy débil cuando se intenta contar una historia que nos incluye enteros. Aparte del peligro de toparse con facetas ignoradas de la propia vida que pueden ser dolorosas o incluso insoportables, también acecha el riesgo de caer en el melodrama, la idealización o el sentimentalismo. Sin embargo, El hombre que no quería ser padre, de Alfonso Buitrago, ha sido recibido de la mejor manera por colegas y maestros del oficio.

«Es uno de los mejores libros que leí el año pasado», escribió Cristian Alarcón, maestro de la FNPI y director de la Revista Anfibia:

«Es una apuesta literaria y periodística que tiene todo: rigor, investigación, vuelo, poesía, acción, tensión. Y una reflexión dura, tensa y honesta sobre el lugar del padre. Historia super local, trama universal».

El hombre que no quería ser padre reconstruye la historia de Alonso, el padre de Buitrago, en momentos en que intenta resistir la fuerza de un cáncer que avanza. Memoria, investigación y testimonio se mezclan para producir un «gran reportaje personal»: un trabajo periodístico profundo alrededor de un tema que toca personalmente al autor, con una voz cercana y propia.

Presentamos aquí dos fragmentos de la obra, precedidos por dos comentarios breves de los cronistas y maestros Alberto Salcedo Ramos y Patricia Nieto, que ayudan a ver el alcance de este trabajo «atrevido», «bello» y «estremecedor», como es llamado en estas notas.

«LA CRÓNICA PARA SALVARSE»

Por Patricia Nieto

Portada El hombre que no quería ser padre - Baja 2El libro (…) es revelador no tanto por ahondar en las relaciones difíciles entre un padre y un hijo –tema central de grandes novelas- sino por el abordaje metodológico y la propuesta estética de Alfonso Buitrago, su autor.

La novedad metodológica se origina en que el autor es a la vez objeto de investigación y esto pocas veces ocurre en el periodismo. En El hombre que no quería ser padre, Buitrago remonta el río de su propia vida para hallar el sentido de su relación con el hombre que fue su padre. A diferencia de las crónicas en las que los escritores narran experiencias en lugares exóticos, expresan sus pareceres acerca del mundo que exploran o abren espacios para reflexionar sobre el oficio de reportear y escribir, Buitrago se obliga a bucear por su propia historia y a indagar en los rincones de su propia intimidad. Y hasta esos lugares, custodiados por los guardianes que son siempre las certezas, las vergüenzas, y los secretos de cada vida, Buitrago hace que lleguen las voces de los otros. Él acude a los relatos de su madre, sus tíos, sus amigos viejos, sus vecinos para que echen luz sobre las oscuridades y maticen los grises con relatos nuevos que ayudan a comprender la vida particular de un hombre. Por lo anterior, el resultado final no es una autobiografía o un testimonio de familia como podría esperarse.

El hombre que no quería ser padre es un gran reportaje construido con las voces de quienes compartieron la existencia con Alonso, un hombre tosco, rudo y amante hasta el límite de la libertad individual.

Al final, Buitrago sobrevive al paso por el túnel que significó escribir este libro. Sale fortalecido como hombre porque sin duda enfrentó al padre y simbólicamente lo mató para poder seguir de pie, sin quejas y sin dolores. Y crece como cronista porque nos enseña que es posible reescribirse a través de una mixtura de géneros que universalizan su historia. Y hacerlo con la certeza de que su oficio le sirvió para salvarse.

«Una lección de periodismo… tan amorosa como atrevida»

Por Alberto Salcedo Ramos

Un Sísifo “paisa”* que desciende por las montañas de Medellín en un taxi viejo, y desde allí contempla la miseria que hay a su alrededor; un carro sin llantas que se arrastra sobre sus propios rines. Así luce Alonso Buitrago en sus días finales, cuando el cáncer de laringe le ha tomado ventaja. Quien lo describe es su propio hijo, el escritor y periodista Alfonso Buitrago Londoño.

La enfermedad determina en gran parte, para mal y para bien, la relación entre el hijo y el papá. Una relación de amistad, de complicidad. El protagonista no quería ser padre y construyó todo un discurso sobre esta declaración de principios, pero paradójicamente el pensar así lo llevó a ser un padre maravilloso.

Alfonso Buitrago nos sorprende con este gran reportaje, en el que sortea con éxito los peligros que le acechaban desde cuando decidió contar la historia. Nunca cae en el melodrama, y es capaz de arrojar sobre su padre, sobre sí mismo y sobre su familia toda, una mirada tan amorosa como atrevida.

El libro es, además, una lección de periodismo: el autor no se limita a juntar las escenas almacenadas en su memoria, sino que emprende la aventura de viajar al pueblo natal de su padre y desandar sus caminos, para buscar pistas, para atar cabos.

Este es uno de los libros más bellos, sinceros y estremecedores que he leído. Al final nos sobrecoge una frase del autor: cuando el padre pierde la voz, su voz empieza a ser el corazón. Los latidos de ese corazón, estoy seguro, resonarán durante mucho tiempo en la literatura colombiana.

*(Paisa: en Colombia, pertenenciente a la cultura antioqueña, cuyo centro es el departamento de Antioquia, y su capital, Medellín).

Portada El hombre que no quería ser padre - Recort

El hombre que no quería ser padre

(Fragmentos)

 

Despedida

Su primera muerte fue el lunes 8 de junio de 2009, cuando entró en coma. Ese día Alonso se levantó por la mañana y caminó hacia la sala, como hacía todos los días, pero esta vez por poco se cae. Su hermana Dora, que estaba cerca, alcanzó a darle una mano. Lo ayudó a volver a la cama para que se recuperara. Más tarde sólo pudo salir de su habitación sostenido por los brazos de Orlanda, otra de sus hermanas. En la tarde estuvo sentado en la mecedora que había en la sala y recibió la visita de Fernando, un amigo panadero. Le dijo que se sentía muy decaído y le pidió que fuera a la biblioteca, que estaba al lado de su habitación, y escogiera los libros que quisiera, pues se los quería regalar. Fernando escogió una autobiografía de Ingrid Bergman y regresó a la sala. Alonso apenas podía hablar, pero el panadero sabía que su amigo se estaba despidiendo.

Hablaron un rato de la vida y de la muerte, y entonces Fernando comprendió que debía acompañarlo a la habitación, dejarlo acostado y marcharse. No volvió a levantarse de la cama de enfermo que le había conseguido Dora un par de meses atrás. Había decidido que moriría en esa cama y nos había pedido que por ningún motivo lo lleváramos a un hospital ni permitiéramos que le dieran respiración artificial. Temíamos que muriera asfixiado, pero aun así estábamos todos dispuestos a cumplir su voluntad. Durante el día le aplicaron la dosis de morfina que le daban cada ocho horas o cada vez que él la pedía. Se la administraba la enfermera, cuando iba por las mañanas, o Dora o mi hermano o yo, cuando él quería. Ese día pidió una dosis adicional y durmió toda la tarde. Temprano en la noche se despertó. Mi hermano y yo le preguntamos cómo estaba y respondió que bien, sin dolor. Para nosotros era un día más en la vida de un moribundo, así que hicimos lo que hacíamos siempre: preguntar si había comido, a qué hora había que inyectarle la próxima dosis de morfina, qué tareas le correspondían a cada uno. Pero entonces él pidió que llamáramos a sus hermanos.

—Llamen a Guillermo… a Jairo… a Henry…

Los fue nombrando uno a uno. Sus hermanas Orlanda, Stella y Amanda, que se encontraban en el apartamento, empezaron a llamar. A Jorge, un amigo zootecnista que había ido a visitarlo y estaba sentado al pie de su cama, le dijo que cogiera un papel y un lápiz y empezara a escribir. Quería dejarles notas de despedida a algunas personas que no pudieran ir esa noche. A Gabriela, la prima devota que lo quiso y lo ayudó en los años aciagos de la primera separación matrimonial, cuando no tenía un peso para un arriendo: “Porque no sé si nos volveremos a ver, este mensaje será el recuerdo a la compasión que practicaste conmigo y con los pobres diablos. Siempre conté con tu solidaridad y confianza. El reto entre el cielo y el infierno de todas maneras lo gana Dios”. A doña María, la mamá de la “Patitorcida”, como llamaba a uno de los amores de su vida, por las mismas razones. Pidió que llamaran también a Gloria, su última esposa, y a Simón, que era hijo de ella.

Los hermanos empezaron a llegar. Primero Guillermo, su gran compañero, que siempre tenía en el bolsillo un trago de ron para brindarle con cariño y en su casa una victrola RCA Víctor de principios del siglo XX en la que le ponía acetatos del Conjunto América y tangos de sus orquestas favoritas: la de Biagi, la de Canaro y la de Lomuto. Después llegó Henry, con quien apenas cruzaba palabra, y John Jairo, con quien durante muchos años sostuvo una rivalidad por la cercanía con mi abuela. Los saludó y estrechó sus manos. “Yo me voy a ir”, les decía. Dictó un mensaje más para Orlando, a quien le decían “Momeñe”, y para los hermanos Raúl y William, apodados “los Vargas”, amigos mecánicos que desvararon infinidad de veces los carros destartalados que pasaron por su vida y siempre tuvieron tiempo para emborracharse y escuchar tangos con él en el bar Homero Manzi, en la Estación Villa y en Lovaina: “Me voy con la satisfacción de su compañía en este mundo que caminamos”. Continuó despidiéndose de quien iba llegando. Aunque no la esperaba, apareció Gabriela, que tenía más de ochenta años, de la mano de su hijo Alberto, que había sido el primo más leal de Alonso.

—Ahora que dice que se va a ir, Alonso, ¿por qué no se confiesa? —le dijo Gabriela.

—No tengo nada que confesar.

—Claro que sí, Alonso, todos tenemos falticas. ¿No le da miedo el juicio de Dios cuando se encuentre con él?

—Sinceramente, Gabriela, yo no creo que después de esta vida haya nada. Pero si me lo encuentro yo no tengo nada que ocultar. No tengo deudas con nadie.

Sonrió, le dio unas palmaditas en la mano y les agradeció a ella y a Alberto el tiempo que habían pasado juntos, que lo hubieran acogido como a uno de los suyos.

—Me voy con un cariño muy grande por ustedes —les dijo, y le pidió a Jorge que le enseñara a Gabriela lo que había dictado para ella.

Pasaban las horas y los visitantes entraban y salían de la habitación. Iban a la sala a tomarse un trago y volvían a echar un vistazo. A eso de las diez de la noche empezaron a despedirse. Alonso se quedó solo con Gloria y Simón. Mi hermano y yo nos habíamos ido para la sala, con Jorge, y nos pusimos a tomar ron. Yo iba de tanto en tanto a la habitación a darle unas palmaditas en la pierna. En una ocasión entré con un vaso de ron en la mano. Unos seis meses antes de morir Alonso había dejado el licor por completo. Al inicio de la enfermedad, tres años atrás, cambió el aguardiente por el ron, pues podía tomarlo a sorbos y no emborracharse. Fue como haber cambiado un fiel compañero por un desconocido, a quien trataría de a poquitos para finalmente abandonarlo antes de morir. Me pidió un trago. Entonces tomé un pitillo de la mesita de noche y se lo puse en la boca. Bebió y se saboreó como si se tratara de un dulce. Ambos sonreímos satisfechos. Luego me pidió que me acercara y me preguntó con una voz ronca y adolorida, que apenas se oía:

—¿Estás viendo lo que estoy haciendo?

—Estás haciendo lo que tenés que hacer —le respondí y salí de la habitación.

Entonces intentó consolar a su ex esposa, que lloraba y lloraba, conmovida por la despedida de quien había sido su amigo y amante. Simón observaba, sentado en una cama auxiliar que había frente a la de Alonso, en la que dormía mi hermano cuando iba a visitarlo. Gloria se sentó sobre sus talones en el piso, al lado de Alonso, y él le tomó la mano y empezó a acariciarla. Era la última vez que tocaría a la mujer que había amado y que, pese a las peleas y a la separación, estaba a su lado y había llevado a Simón, a quien él quería como a un buen amigo. Le pedía a Gloria que no llorara, pero ella no podía evitarlo. Pasaron varios minutos y les dijo que ya se podían ir. Ella no quería. Le pidió que se incorporara y mirándolos a los dos, señalándose el cuello con la mano, les dijo que de esa noche no pasaba. Ninguno dijo nada. Simón no se sorprendió. Gloria buscaba las palabras en el silencio de la habitación, pero no lograba escoger ninguna de las que sentía flotando en su cabeza. ¿Qué podía decir? En su interior quería que tuviera razón, que no pasara de esa noche. Entré a la habitación en el momento en que Gloria pronunciaba las únicas cinco letras que fueron capaces de atravesar el nudo que tenía en la garganta:

—Adiós.

La tomé del brazo y la acompañé a la puerta, Simón caminaba despacio detrás de nosotros. En la puerta del apartamento los despedí y me comprometí a avisarles si pasaba algo extraordinario. En el taxi que los llevó a su casa, Gloria y Simón no hicieron ningún comentario. Ella estaba convencida de que había visto por última vez al hombre que amaba.

Más tarde, las únicas hermanas que quedaban en la casa, Dora y Orlanda, se fueron a dormir. Antes de que Orlanda entrara en mi habitación, en la que dormiría esa noche, la llamé.

—Vaya dele un beso —le dije.

—¿Un beso? Yo no soy de dar besos.

—Vaya, puede ser la última vez.

Orlanda entró en la habitación, lo besó en la mejilla y dio las buenas noches. Jorge, que había regresado y estaba sentado en la cama en la que dormía mi hermano, se quedó un momento más y luego se fue para la sala a seguir bebiendo. Yo me senté a los pies de Alonso y mi hermano en la cama auxiliar. Cuando nos quedamos solos empezó a hablar en voz baja, como si quisiera que nadie más lo oyera. Nos acercamos.

—No quiero ver a la enfermera mañana —dijo.

Nos extrañamos, pero a continuación pronunció la última frase que diría en este mundo, como si fuera una sola palabra.

—Ya-no-más.

Con la mano, cortando el aire de forma horizontal, nos dio a entender que todo había terminado. Entonces comprendimos. Era la señal que habíamos estado esperando.

Orgullo y vanidad

La apariencia física y las comodidades no fueron una preocupación especial para Alonso cuando estaba sano ni lo fueron durante la enfermedad. La vanidad y el orgullo aparecían a veces, cuando sentía que alguien celebraba o cuestionaba sus ideas. Era un hombre a un periódico estampado, para describirlo en palabras de poeta. Siempre andaba con El Espectador o El Tiempo doblados debajo del brazo. Uno podía coger una de sus camisas sucias, después de un día de trabajo, y encontrar en la parte de las axilas letras y manchones de tinta. Leía los locales y los nacionales, los liberales y los conservadores, los independientes y los barriales, de derecha y de izquierda. Conocía la historia y trayectoria de casi todos los columnistas y sabía a qué intereses pertenecían. Se sabía la historia del periodismo colombiano desde la generación del Centenario, pasando por la de los Nuevos, con los nombres y apellidos de sus principales figuras, con las fechas de sus apariciones más destacadas. Por él conocí a Luis Tejada, a Calibán, a Klim, a Ulises, a Germán Pinzón y me hice adicto a las columnas de Molano, Salgar, Galvis, Santos, Aguirre, Caballero.

Cada lunes, sin falta, las conversaciones con Alonso empezaban con la prensa del domingo anterior. “¿Leíste a Molano?”, me preguntaba. “Viste lo que te venía diciendo sobre la propiedad de la tierra”, me decía serio, pero con satisfacción. Y luego seguía con Caballero. Cada lunes era una celebración de su pensamiento, que se extendía por el abanico de columnistas que devoraba semanalmente. A veces yo notaba alguna contradicción o descubría un argumento sobre la participación en democracia o sobre la situación de los trabajadores que contradecía su pensamiento de izquierda, y entonces la conversación sobre los columnistas se alargaba hasta el martes o el miércoles. Los volvía a leer y al día siguiente me hacía releer una frase que lo volvía a dejar bien parado, y si el viernes encontraba un nuevo argumento a su favor había que retomar el tema.

Antes de mudarse con sus hermanas vivió en un apartamento de dos habitaciones en el barrio La América, al occidente de Medellín. El edificio quedaba sobre la avenida San Juan, cerca de la carrera 90, a pocos metros de la esquina donde en la década del ochenta quedaba Tax Tarapacá, la empresa en la que trabajó como taxista. El apartamento tenía una cocineta y una sala con dos sillas de tubos de aluminio. En su habitación había una cama doble de hierro, que le había fabricado un cerrajero amigo y que permanecía sin tender, y el escritorio de madera de pino de dos cajones que lo acompañó a todos los lugares que habitó y que conservaba las marcas de la posición de sus brazos sobre la mesa. En una pared había un retrato psicodélico de Federico Engels en el espacio, que yo le había regalado. Engels tiene la frente abierta y hoces, hachas, martillos, yunques y flores salen de ella, y los pelos de la barba están conectados como raíces a un planeta tierra lejano. En una esquina del escritorio apilaba montoncitos de volantes de restaurantes con servicio a domicilio, que recortaba ajustándolos al mismo tamaño y luego los utilizaba por el lado no impreso para hacer apuntes, y unas cuantas agendas de años vencidos, que usaba como diarios. Siempre había periódicos, arrumes de suplementos literarios y libros de segunda, novelas y ensayos, comprados o prestados, con las hojas engrasadas y las puntas dobladas, que iban y venían pasando por las manos de los mecánicos, conductores, cerrajeros, panaderos y profesores con los que charlaba a diario. Alonso era una especie de “reciclador cultural”. A veces uno veía sobre el escritorio El conde de Montecristo, por ejemplo, y más tarde una biografía de Darwin, que desaparecían en pocas semanas para convertirse en La roja insignia del valor, de Stephan Crane o el Liberalismo político, de John Rawls. Y así con decenas de libros, semana tras semana.

Durante su vida acumuló cientos de ellos, que organizaba en improvisadas estanterías hechas con tablas de cama y ladrillos, pero que fueron desapareciendo con sus múltiples mudanzas. Sin embargo, conservaba el hábito. Era la única actividad que le permitía al mismo tiempo pensar sobre los otros y reflexionar sobre sí mismo; de ella extraía las ideas con las que podía entender las preocupaciones de sus amigos y las propias: su familia, sus hijos, la sociedad en que vivía. Con ellas escribía en las agendas. La lectura permanente le daba disciplina de buen estudiante y activaba su pensamiento, siempre ocupado con ansiedades, problemas existenciales y conflictos sociales.

Se acostumbró a decir “estoy estudiando” o “tengo que estudiar” para referirse a las largas jornadas que pasaba leyendo, ya fuera a la una o dos de la mañana, a las seis de la tarde, antes de almorzar, antes de desayunar, después de comer. Ese “estudiar” y tratar a las personas por igual fueron las dos únicas cosas en las que siguió el consejo de su padre. Cuando nos reuníamos con amigos en algún bar de tangos tomaba del brazo a alguno de los presentes: “Para mí usted es lo mismo que él —decía señalándome—. Yo no tengo hijos”. Y entonces yo, con una sonrisa, le decía al amigo extrañado: “Créale porque es verdad”. Mi hermano y yo crecimos con la presencia permanente de un padre que no se consideraba como tal, en una ciudad que desprecia la figura paterna y sobrevalora la materna. A veces, en las noches, cuando pensaba en Alonso, oía en las montañas del valle una letanía… Maaaaaadre no hay si no unaaaaaa… Paaaadre es cualquier hijueputaaaaaa… Del mío también decían que era un hijueputa, con rabia. Sobre todo mi madre.

Alonso se hizo un hijueputa leyendo. Leer era adicción y cura, una terapia que lo acercaba y lo alejaba de su padre, de su pasado. Cada semana recorría las ventas callejeras de libros de segunda del conocido pasaje La Bastilla, en el centro de Medellín, buscando obras que después de leer ponía a circular entre sus amigos. No pocos mecánicos y cerrajeros aprendieron a querer la lectura de cuenta de Alonso. Para ellos, como le pasaba a Vargas, uno de los hermanos mecánicos para quien dictó un mensaje de despedida la noche antes de morir, el encuentro más cercano que tenían con la cultura era tomar aguardiente con Alonso. A él le regaló El cuchillo, de Patricia Highsmith, un libro que yo le había regalado a mi madre en un cumpleaños y ella se lo había prestado a Alonso “con carácter devolutivo”.

De un vistazo se podía completar la descripción de su menaje: una pequeña nevera para guardar leche, una estufa de una resistencia, dos ollas y unos cuantos platos, vasos y cubiertos. Cocinaba él mismo y lavaba la ropa con sus propias manos. No sólo era un reciclador, también era un hombre “anti-eléctrico”. Exceptuando la nevera, el fogón y un radio japonés marca Beltek con casetera, de tres bandas, que tenía en el escritorio y en el que escuchaba la emisora cultural de la Cámara de Comercio de Medellín, no había nada más que se enchufara en ese apartamento: ni televisión ni lavadora ni plancha ni licuadora ni horno. En la otra habitación, mi hermano tenía un improvisado estudio y lugar de ensayo de su banda de rock.

Alonso era un tipo que no se podía comprar, al que no lo seducían las vitrinas ni los brillantes. No podía aparentar lo que no era ni era capaz de crear o acumular riqueza material. Su posición en contra de una forma de vida basada en la acumulación o que generara “relaciones de poder y sometimiento” era radical. No acumulaba, distribuía. Cada día hacía el dinero necesario para subsistir, aunque casi nunca le alcanzaba, y lo que conseguía de más, cuando se ganaba un chance, por ejemplo, se lo gastaba con sus hijos o compartiendo con sus amigos. Lo único que pudo acumular fueron deudas y algunos amigos, los más tercos. Muchos de ellos le prestaron dinero o le sirvieron de fiadores y en el proceso de pagarles, por retrasos o incumplimientos, perdió algunos. A Jairo, un funcionario de rentas departamentales con quien hizo negocios y acompañó en su duelo de separación matrimonial, o a Jorge, un pintor de desnudos, acomodado, con quien se encontraba cuando el artista estaba deprimido y quería hablar de las mujeres. A ellos los perdió en el camino. Intentó acabar con sus deudas, llevando sus cuentas con cuidado, inventándose negocios cooperativos, pero fracasó metódicamente. Para tener éxito económico tenía que dejar de ser Alonso.

CÓMO CONSEGUIRLO

En Colombia,’El hombre que no quería ser padre’ se puede adquirir en las librerías Panamericana de todo el país. En Bogotá, además, en las librerías Alejandría, Lerner, Central, y Universidades de los Andes y Nacional. En Medellín, en las librerías Nacional, Científica, Librópolis, El Aconstista, Argos, Cooprudea, CIS, Universidades EAFIT, UPB, UdeA y U de Medellín.

EL AUTOR

Alfonso Buitrago - Cuadro - Por Alejandro Polling BarrenecheAlfonso Buitrago Londoño es periodista de la Universidad de Antioquia, con un Diploma en Estudios Avanzados en Periodismo y un Máster en Literatura Comparada y Estudios Culturales de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado en medios como La Hoja de Medellín, EL MALPENSANTESOHO y UNIVERSO CENTRO, periódico en el que hace parte del Comité Editorial. El hombre que no quería se padre fue escrito gracias a una de las Becas de Creación de la Alcaldía de Medellín, Colombia.

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‘Plano Americano’ de Leila Guerriero: 21 perfiles de creadores latinoamericanos (y un español) – Entrevista

‘Plano Americano’ de Leila Guerriero: 21 perfiles de creadores latinoamericanos (y un español) – Entrevista

La cronista argentina Leila Guerriero –autora de Frutos extraños y Los suicidas del fin del mundo– acaba de publicar, bajo el título de Plano Americano, veintiuno de sus mejores perfiles de escritores, músicos, artistas plásticos y otros creadores de América Latina y España.

Son 407 páginas empastadas en azul celeste, en medio de las cuales el poeta chileno Nicanor Parra “es un hombre, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento”; el argentino Rodolfo Enrique Fogwill, además de un excéntrico escritor de culto, “el hombre que fabrica su propia granola”; el español Juan José Millás, el que “guarda las cenizas de sus padres en un armario”, y el casi mitológico Roberto Arlt, uno para el que “su curiosidad era una taquicardia, un magma, una atrocidad, una locura, una laceración”.

Portada - Plano americano

Porque, así como se lee, aparte de la novedad que representan 21 perfiles de Leila Guerriero bajo un mismo lomo, autoeditados “hasta la náusea”, el volumen incluye un perfil inédito de Roberto Arlt, el autor de El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, o las célebres Aguafuertes porteñas, en las que retrató sobre todo la vida callejera y barrial de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX. Es el perfil más largo escrito por Leila hasta la fecha, porque «para eso están los libros”, como le dijo Matías Rivas, director de Ediciones Universidad Diego Portales y gran provocador de esta antología.

Todos ellos, perfiles escritos en «plano americano»: ese tipo de plano visual que constituye «una aproximación intermedia y más realista»:

«El tipo de aproximación al que uno puede aspirar en los perfiles: ni tan intrusiva como un primer plano, ni tan vaga como un plano general».

El criterio para la selección fue simple: “Son textos en los que me reconozco”, dice, convencida de que “la escritura tiene una fecha de vencimiento, como el yogur”. Por eso dejó fuera sus trabajos de los noventa y los primeros años de este siglo y reunió sólo lo mejor de los años recientes.

Aparte de eso, varios de los perfiles incluidos se presentan ahora en versión extendida: “Versiones preexistentes que, simplemente, reservaba hasta tener la ocasión de publicarlas completas, y el libro fue esa ocasión”.

Hablamos con ella y esto dijo:

LA ENTREVISTA

¿Cuál es la historia de Plano Americano, iniciativa tuya o te lo propusieron?

La idea fue de Matías Rivas, director de Ediciones Universidad Diego Portales. Yo estaba trabajando en una antología para la editorial, llamada Los malditos (que reunió perfiles de escritores malditos latinoamericanos), cuando Matías me lo propuso. Supongo que se dio cuenta de que yo llevaba años entrevistando gente y que, entre esa gente, aunque no sólo, había muchos escritores, fotógrafos, artistas plásticos, músicos, y me dijo algo así como “¿Por qué no hacemos un libro que reúna sólo perfiles de esa gente: escritores, fotógrafos, pintores, músicos. ¿Quieres?”. Y yo quise. El proyecto se demoró porque queríamos que tuviera un texto inédito, que fue el de Arlt, y que  me llevó muchos meses.

¿Cómo fue volver a leer tus propias crónicas? ¿Tuviste la tentación de cambiar muchas cosas, o te sentiste a gusto con lo que viste?

A mí siempre me complica volver a leer mi trabajo. De hecho, pocas veces lo leo cuando sale publicado. Y sigo creyendo que la escritura tiene una fecha de vencimiento, como el yogur, y que uno difícilmente se reconoce en textos demasiado antiguos. Entonces supe desde un principio que, aunque tenía muchísimos perfiles de escritores, fotógrafos, etcétera, publicados en los noventa y en la primera parte de este siglo, ni siquiera los iba a revisar para evaluar su inclusión, porque yo ya no me reconozco en esa escritura, y modificar radicalmente un texto de esos años es como modificar el trabajo de otra persona. Los textos que se incluyeron son textos en los que me reconozco. Yo todavía soy la persona que, para bien y para mal, escribe así. Y no, no toqué nada. Sólo referencias temporales o de contexto, y alguna nota al pie para aclarar que después de tal fecha tal autor había publicado tal otro libro.

¿Algún otro cambio entre las versiones originales y las que se incluyeron en el libro?

Hay varios textos que fueron publicados originalmente en versiones más cortas, por cuestiones de espacio, y que en el libro pudieron desplegarse en versiones más largas. Pero no escribí esas versiones para el libro. Eran versiones preexistentes que, simplemente, reservaba hasta tener la ocasión de publicarlas completas. Y el libro fue esa ocasión.

¿Trabajaste con un editor, o fue un trabajo de autoedición?

Fue un trabajo de autoedición, de modo que cualquier metida de pata es mi culpa. Y la revisión final la hizo Milagros Abalo, que es un verdadero milagro y puede detectar cualquier pifie.

Cuando uno hace un perfil debe saber que, por más tiempo que estemos con alguien, por más veces que lo veamos, por más que le preguntemos mil cosas y conversemos hasta con sus mejores amigos y enemigos, nunca llegaremos a saber, de ese alguien, todo. La aceptación humilde de esa ignorancia es el plano americano: una distancia intermedia.

¿Qué aprendiste de vos misma en el proceso de edición, y en qué creerías que se modificará tu trabajo en adelante?

Me encantaría decirte cosas como “Creo que ahora soy mejor persona”, “Escucho más a mi yo interior”, o “Después de este proceso soy un poco más paciente”. Pero no. Lo siento. Por una parte, siempre he hecho eso: autoeditarme hasta la náusea. Para eso dejo reposar los textos varios días, vuelvo sobre ellos una y otra vez, los examino con lupa. Por otra, creo que uno aprende más editando el trabajo de otros que el de uno mismo. Lo que realmente hace que te aprietes las clavijas a vos mismo es el proceso de editar a otras personas porque, a la hora de volver sobre tu texto, sos más implacable. Si le sugerís a un autor que intente ser más claro o más preciso o menos rígido en determinada parte de un texto, después, cuando estás ante un trabajo tuyo, no podés exigirte menos.

Contanos la historia del título

La idea del título remite a dos cosas. Una, a que el plano americano es un plano de aproximación media: ni un primer plano invasivo, ni un plano general que da una visión poco íntima. El plano americano es una aproximación intermedia y más realista. Y ese es, creo, el tipo de aproximación al que uno puede aspirar en los perfiles: ni tan intrusiva como un primer plano, ni tan vaga como un plano general. Cuando uno hace un perfil debe saber que, por más tiempo que estemos con alguien, por más veces que lo veamos, por más que le preguntemos mil cosas y conversemos hasta con sus mejores amigos y enemigos, nunca llegaremos a saber, de ese alguien, todo. La aceptación humilde de esa ignorancia es el plano americano: una distancia intermedia.

La otra idea que subyace –porque todas las personas que aparecen, menos una, son americanas- es la de una cartografía, muy personal, de los rumbos de la gente que hace cosas -que escribe, que saca fotos, que pinta- en Iberoamérica.

EL CASO ARLT (Y UN TEMBLOR DE TIERRA)

Fragmento Perfil Arlt

Sobre el perfil de Roberto Arlt, ¿qué tanto sabías de él antes de escribirlo?

Uno nunca sabe de nadie tanto como sabe después de escribir un perfil. Lo que no significa que, después de escribir un perfil, sepa todo de esa persona. Pero sí debe sentir que lo sabe todo. Yo sabía algo de Arlt, porque lo había leído mucho, sobre todo su trabajo periodístico, y admiré siempre no sólo ese estilo absolutamente único, inimitable, que fundó una manera, sino su mirada. Él escribió durante años una columna en el diario El Mundo. Era una columna diaria, que se basaba, sobre todo al principio, en su capacidad para salir a ver y volver para contar. Ese trabajo, que puede parecer sencillo, es un trabajo demencial. Cualquiera que escriba una columna en un diario o una revista sabe que encontrar una historia, un punto de vista, día tras día, durante años, es casi imposible. Pero, más allá de conocer su trabajo, de su vida sólo tenía datos más bien sueltos y muchas veces equivocados, como pude comprobar después. El imaginario que circula en torno a Arlt es el de que fue un escritor postergado, bohemio, desordenado, disipado, no reconocido. En realidad, parece haber sido una bestia de trabajo, un tipo con una voluntad y una fuerza descomunales, que tuvo una popularidad impresionante como periodista y muy buenas críticas en la prensa, sobre todo de sus primeros libros.

Me impresionó ver su curiosidad monstruosa, la enorme cantidad de obra que produjo en apenas un par de décadas, su capacidad para llevar esa mirada que sabía aplicar tan bien sobre Buenos Aires a sitios tan diversos y lejanos como Chile, la Patagonia, España o África.

¿Qué otros hallazgos sobre su vida y obra te sorprendieron especialmente?

Creo que lo primero fue lo que te mencionaba antes: el divorcio que había entre la imagen que se ha construido de Arlt, y lo que Arlt parece haber sido. En este punto, fue de gran ayuda un libro estupendo de la argentina Sylvia Saítta, llamado El escritor en el bosque de ladrillos, una biografía de Arlt que, desde el arranque, habla de todas las falsas pistas que él mismo parece haberse dedicado a esparcir. Cambios de nombres, de fechas de nacimiento, de circunstancias. Ese divorcio entre la realidad, y la realidad tal como él la percibía o elegía contarla, continuó a lo largo de toda su vida. Sus libros casi siempre recibían críticas muy buenas (pero él se quejaba todo el tiempo de que nadie le hacía caso). El diario donde trabajaba lo tenía como estrella absoluta, y le pagaba bien (pero él se quejaba de que nunca tenía dinero). También me sorprendieron algunas cuestiones relacionadas con su trato con las mujeres (era sumamente discreto al respecto, pero parece haber sido un hombre de gran éxito y, a la vez, muy complicado para manejar los afectos), y ver cómo, en su hija Mirta, se replicaba esa especie de inteligencia rabiosa, implacable, esa saludable impiedad con el género humano que era muy de Arlt. Pero la sorpresa mayor fue, otra vez, lo que te decía antes: ver que no era un tipo disipado y bohemio, sino un trabajador bestial, y un hombre de una fuerza y una seguridad en sí mismo absolutamente aterradoras. Y después, bueno, muchísimas fabulosas, tenebrosas y estremecedoras coincidencias que sería muy largo de contar.

¿De su faceta de periodista qué te emocionó o impactó, que no supieras?

Roberto Arlt. Foto: Wikicommons.

No es que no lo supiera, pero al poner en contexto algunas cosas, también se les toma realmente el peso. Me impresionó ver su curiosidad monstruosa, la enorme cantidad de obra que produjo en apenas un par de décadas, su capacidad para llevar esa mirada que sabía aplicar tan bien sobre Buenos Aires a sitios tan diversos y lejanos como Chile, la Patagonia, España o África. Y, sobre todo, ver cómo se volvió periodista de una forma casi natural, como si hubiera nacido haciendo eso. Inventó un método, inventó una mirada, inventó una forma de ver y de contar. Nadie le dijo “Señor Arlt, usted lo que tiene que hacer es ir a la esquina de tal y cual calles y pararse un rato a ver a los comerciantes y después volver y hacer tal cosa”. Lo hizo todo solo: se inventó la forma de ir al territorio, se inventó la forma de encontrar en ese territorio algo que pudiera resultar de interés para él y para un lector, y resolvió esa carencia, esa ausencia de maestros, bajo la forma de una voz tremendamente segura.

Se suele decir que, en un tiempo, cierto sector de la intelectualidad argentina no hablaba muy bien de su trabajo, caso Borges y Bioy Casares. ¿Realmente fue así? Y de serlo, ¿Sientes que la historia le ha hecho justicia?

Sí, no, y todo lo contrario. Creo que hubo, en eso a lo que hacés alusión en la primera parte de tu pregunta, mucha contribución del propio Arlt (con aquella queja permanente acerca de que no le daban bolilla, etcétera, queja que no se correspondía con la realidad). Por una parte, te cito esta parte del libro Borges, de Bioy, donde Bioy dice que Borges dijo que Arlt “(…) Era un malevo desagradable, extraordinariamente inculto (…) Me explicaron que sólo en El Mundo supieron aprovecharlo. Le encargaban cualquier cosa y después daban las páginas a otro para que las reescribiera. Dicen que reuniendo sus Aguafuertes porteñas, que son trescientas y pico, podría hacerse un libro extraordinario. Imagínate lo que será eso. Las escribía todos los días, sobre lo primero que se le presentaba. Menos mal que algún otro las reescribió”.

De otros escritores se dice que han envejecido mal, que releerlos es imposible. Arlt, sin embargo, es cada vez más joven, cada vez más contemporáneo, cada vez más interesante.

Eso existió. Y también es verdad que Arlt siempre fue una figura compleja, un raro, un tipo que no encajaba del todo en ninguna parte. Pero a la vez fue muy amigo –casi protegè– de Ricardo Güiraldes, que era un intelectual y escritor de clase altísima; y tenía colegas que lo querían y lo elogiaban, tanto en el grupo de escritores de Florida como en el de Boedo, que era como se dividían por entonces los escritores de vanguardia y los más populares. Así que eso: sí, no, y todo lo contrario. Creo que esa fama de postergado, de incomprendido, incluso de mal escritor, es una fama que, en buena medida, urdió el propio Arlt. Pero, por otra parte, después de su muerte siguieron diez años de silencio sobre su figura y su obra, de los que lo sacó, primero, una biografía publicada por Raúl Larra, que se llamó Arlt, el torturado y después, sobre todo, el trabajo inmenso que hicieron con su obra algunos escritores argentinos, sobre todo Ricardo Piglia. Pero hoy en día Arlt es un clásico indiscutible, admirado y estudiado no sólo aquí sino afuera. Yo diría que le ha ido muy bien. De otros escritores se dice que han envejecido mal, que releerlos es imposible. Arlt, sin embargo, es cada vez más joven, cada vez más contemporáneo, cada vez más interesante.

¿En qué momento te diste cuenta de que sería un perfil de tantas páginas (casi ochenta páginas del libro), tal vez el más extenso que hayás escrito, junto al de Pedro Henríquez Ureña?

No me di cuenta nunca. Empecé a escribir y creo que se impuso la idea tranquilizadora de que podía darle rienda suelta porque, después de todo, se trataba de un libro. Así y todo me preocupé al ver las dimensiones y le escribí a Matías (Rivas) un mail que decía algo así como “Terminé, pero escribí 60 páginas. Siento que es mucho”. Y me dijo “No cortes una línea, querida. Para eso están los libros”.

Lo empecé a escribir en Buenos Aires, en septiembre de 2012, y lo terminé de escribir en Santiago de Chile, en octubre de ese año, mientras daba clases en las mañanas. Terminaba de dar mis clases, volvía a mi hotel, comía un sándwich, y me sentaba a escribir imparablemente hasta las doce de la noche. Eso hacía un total de unas nueve horas de escritura, que es bastante menos de lo que escribo usualmente, pero eran de una concentración absoluta, ya que estaba casi aislada de cualquier distracción cotidiana, en un piso diez de un edificio del barrio El Bosque.

Uno de esos días Santiago tembló. Y yo estaba tan concentrada escribiendo que pensé que se trataba de un camión que pasaba por la calle y hacía temblar los vidrios (eso es lo que sucede en mi casa, en Buenos Aires, cuando escribo). Cuando me di cuenta de lo que estaba sucediendo (entre otras cosas porque se escuchó un griterío en los pasillos y frenazos y vidrios cayéndose en la calle), simplemente desenchufé la computadora, manoteé dinero y mi pasaporte, abrí la puerta (vi muchas películas en las que las puertas se traban con los terremotos) y me quedé de pie junto a la pared (no bajo el marco). Sin el menor atisbo de susto, pensé “Pasará en un minuto”. Y puse una mano en la pared, para ver qué se sentía, en un gesto que después, cuando recordé el terremoto de 8.0 que dejó a medio país en el piso, me dio mucha culpa y me hizo sentir estúpida y mezquina. Pero el temblor pasó, y cuando pasó empezó a sonar el teléfono de mi habitación: los amigos, alarmados, que llamaban para preguntar si yo me había asustado. Supe, después, que había temblado duro -5.8, o algo así- pero a mí, que jamás había estado en un temblor, me salvaron la ignorancia (pensé que cuando los santiaguinos decían “hoy tembló” se referían a eso: a ese grado de temblor) y Roberto Arlt: estaba, sobre todo, fastidiada porque quería volver a escribir y temía que se fuera la electricidad.

Plano Americano lateral

SOBRE CRÓNICA Y FE

¿Cabrían tus perfiles dentro de una definición como «crónica de personaje»?

¿Cabría una novela dentro de la definición de “texto de ficción más largo que un cuento”? Sí. Pero, ¿hay necesidad? ¿Por qué tendríamos que  meter a los pobres perfiles en una definición así? ¿No están cómodos donde están? ¿Se han quejado y yo no me enteré? En el afán de definir y redefinir, un día nos vamos a olvidar de que lo que estamos haciendo es periodismo, y vamos a terminar adivinando con dibujitos, como en el Pictionary. Me pregunto si, a veces, con todas estas redefiniciones, que por otra parte sólo tienen interés para los periodistas, no estamos contribuyendo a que la gente empiece a creer que esto es tan complicado como la física cuántica, cuando sólo se trata de escuchar a la gente y de contar historias.

¿Tu fe en la crónica sigue intacta? ¿No te has sentido tentada a explorar cosas como el reportaje gráfico (o mejor, ilustrado), o el cine documental? Lo pregunto porque son formatos que consumís y que tienen influencia en tu trabajo.

Mi fe en la crónica –en el periodismo- sigue intacta. Y me he sentido tentada a explorar el documental desde hace, al menos, veinte años.

SOBRE ‘EDICIONES UDP’ Y LA NO FICCIÓN

‘Plano americano’ hace parte de una colección de Ediciones Universidad Diego Portales (Huellas) en la que también está Temas Lentos, de Alan Pauls. ¿Qué otros títulos se han publicado o vienen en camino?

La editorial está haciendo un trabajo muy intenso con la no ficción. Este año se publicará un libro de Martín Kohan, con su trabajo de no ficción; y varios perfiles –no biografías- que serán publicados como libros unitarios pero pequeños. Perfiles de escritores, sobre todo.

¿Quiénes están detrás de este proceso, y qué más incluye aparte de la colección?

Detrás de estas cosas hay mucha gente involucrada, como en cualquier editorial, pero está, sobre todo, Matías Rivas, un poeta y editor joven chileno que tiene lo que tienen los mejores editores: sabe leer, sabe tomar riesgos, sabe hacer una mixtura precisa entre gustos propios y ajenos, y sabe cómo sacar lo mejor de cada quien. La editorial tiene, además, un fondo de poesía impresionante. Fue la editorial que logró que Nicanor Parra volviera a publicar después de dos décadas de silencio, y publica, además de a Parra, a Zurita, Enrique Lihn, Claudio Bertoni, Gonzalo Rojas, Gonzalo Millán.

¿Algo más que quisieras agregar?

Algo porque sí, porque lo leí hace poco y porque me pareció una definición muy acabada de lo que toda buena escritura debería producir en un lector. David Foster Wallace tenía un profesor que, una vez, parece, le dijo esto: “La tarea de la buena escritura es la de darles calma a los perturbados y perturbar a los que están calmados”. Eso. Y amén.

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CÓMO CONSEGUIR ‘PLANO AMERICANO’

El libro se distribuye en librerías de Chile, y próximamente de Argentina, Perú, España, Colombia, México, y a través de la Tienda Virtual de la UDP.

‘HUELLAS’

La colección ‘Huellas’ de Ediciones UDP agrupa ya 36 títulos de autores como Juan Villoro, María Moreno, Alejandro Zambra, Rafael Gumucio y Alejandra Costamagna. Ver la colección.

‘La crónica es la herramienta más poderosa que tiene el periodismo’: entrevista con Óscar Martínez de ‘El Faro’ (Video)

‘La crónica es la herramienta más poderosa que tiene el periodismo’: entrevista con Óscar Martínez de ‘El Faro’ (Video)

«Para mí la crónica es la herramienta más poderosa que tiene el periodismo (…) Y si es la mejor herramienta de este oficio yo sí creo que hay una responsabilidad ética a la hora de escoger los temas», dice Óscar Martínez en esta entrevista recogida durante el ‘Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2’.  Martínez señala, además, algunas de las grandes deudas que aún tienen los medios con los reporteros, muchas veces expuestos a riesgos enormes a cambio de condiciones laborales insuficientes.

Óscar Martínez es Coordinador del proyecto Sala Negra del diario digital salvadoreño ELFARO.NET. Es autor del libro de crónicas ‘Los migrantes que no importan’ y coautor de ‘Jonathan no tiene tatuajes’, también de crónicas. Ha realizado coberturas en Colombia, México, Centroamérica, Estados Unidos e Irak.

El ‘Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2’ se realizó en octubre de 2012 en Ciudad de México, gracias a una alianza entre la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano FNPI y Conaculta.

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JON LEE ANDERSON LE TOMA EL PULSO A CUATRO JÓVENES CRONISTAS (VIDEO)En esta charla, el maestro Jon Lee Anderson conversa con Óscar Martínez y otros tres periodistas jóvenes destacados: CAROL PIRES, de Brasil; ANA TERESA TORO, de Puerto Rico, y CARLOS SALINAS, de Nicaragua.

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“LOS MIGRANTES QUE NO IMPORTAN”, de Óscar Martínez (PRÓLOGO DE CARLOS DADA)

«Este es un libro de periodismo del que nos gusta. El que no da importancia a la estética más que en cuanto ayuda a la denuncia y la explicación.  La narrativa, pues, es un medio. El más idóneo para explicar el infierno. O al menos este, el círculo de los migrantes» – Carlos Dada, Director de El Faro- (Ir a la nota)

‘La crónica mutante: búsquedas y experimentaciones en la galaxia transmedia’ (VIDEO)

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La crónica mutante: búsquedas y experimentaciones en la galaxia transmedia: una charla del Seminario Interno del ‘Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2’, realizado en octubre de 2012 en Ciudad de México.

«En el momento de pasar de este contexto (la crónica en papel) al contexto de la innovación y la invención de algo nuevo, claramente estamos en una fase incipiente, donde intentamos hacer cosas sabiendo que pasamos de un medio muy sofisticado, con suma experiencia, a algo nuevo que aparece».

Las palabras son de Jean-François Fogel (Francia), al iniciar su trabajo de moderación de esta conversación que contó además con la participación de Gumersindo Lafuente (España), periodista y experto en medios digitales; Pablo Mancini (Argentina), director de estrategia digital de infobae.com; Marco Avilés (Perú), director de la revista Cometa; y Enrique Naveda (Guatemala – España), editor general de plazapublica.com.gt.

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ALGUNOS APARTES DE LA CHARLA:

JEAN FRANÇOIS FOGEL: «Hay que meterse en el camino digital sabiendo que hay tres puntos de ruptura: el primero es usar un soporte de manera distinta. Hay que buscar un soporte para lo que se quiere contar de otra manera, y puede que los diarios impresos no sean ese soporte. […] Un segundo punto es reconocer que el mundo donde vivimos es un mundo donde lo digital, Internet, no es tanto un medio sino un espacio social. […] El medio que más está ganando en circulación de información es el teléfono móvil. La audiencia utiliza una pantalla de un tamaño reducido donde se desplaza el contenido con el dedo, mira video en esta pantalla de pequeño tamaño. Si a los periodistas y a la prensa no les gusta, da igual, tienen que aceptarlo. Sería esta justamente la tercera ruptura».

GUMERSINDO LAFUENTE: «Hay mucho más acceso que antes a la información, a los relatos. He visto últimamente desde El País cómo el acceso de la información desde dispositivos móviles crecía de manera demoledora. Hemos de ponernos en el lado del consumidor de información para ver cuáles son sus ritos de acceso. Qué nos demandan, de qué forma podemos llegar a ellos, cómo usan estos dispositivos móviles, en qué momentos del día, en qué momentos de su vida nos consultan.»

PABLO MANCINI: «Hablaban ahora también de ese problema de que publican, no publican, editores que no quieren publicar… Muchachos, la tecnología solucionó el problema de la publicación hace rato. Cualquiera puede publicar. Lo que falta es audiencia. Por otro lado, tenemos que mirar cómo accede la gente a la información. Las audiencias están dispuestas a mirar nuestros contenidos pero no están dispuestas a que les digamos cuándo ni como. Es un desafío enorme.»

ENRIQUE NAVEDA: «En Plaza Pública nos vimos obligados a producir aplicaciones, aprovechando que somos un medio nativo en lo digital, fuimos introduciendo aplicaciones de datos que por un lado desplegaban información muy valiosa y por otro lado nos servían para hacer análisis un poco más cerca de las ciencias sociales que del periodismo, y alimentar nuestro portal sobre esos temas.»

GUMERSINDO LAFUENTE: «La industria de los medios está empeñada en estudiar cómo es su modelo de negocios, cómo vivir la agonía de los diarios impresos, pero no ponen ningún entusiasmo ni ninguna inversión en reflexionar sobre lo que va a ser su futuro. No se les ocurre invertir un solo euro, un solo dólar, en analizar cómo consume la gente la información.»

MARCO AVILÉS SOBRE REVISTA ‘COMETA’

«Juntamos nuestro dinero dos amigos y yo, pedimos un préstamo a un amigo periodista que tenía ahorros (cosa muy rara) y decidimos publicar esta revista, Cometa. No había manera de ponerla en quioscos por su tamaño, había que ponerla en librerías, y en librerías te roban y si no, trabajan para que te olvides de cobrar, como ha dicho Hernán Casciari. Entonces decidimos hacer un sistema de distribución delivery. Se le ocurrió a mi socio Daniel Silva, que pide mucha comida por delivery, entonces le salió muy rápido esa solución. Quisimos hacer el trabajo sucio por los lectores, porque nos dimos cuenta de que en Lima la gente no va a librerías por el tránsito y porque tiene mucho trabajo. Nosotros íbamos a llegar hasta la puerta de los lectores. De esa manera vendimos un 70% de la revista con este sistema y el 30% en librerías, que por cierto todavía no nos pagan.»

 

Marco Avilés - Revista Cometa 2

Marco Avilés (Perú) exhibe el primer número de la revista ‘Cometa’ durante su intervención en el ‘Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2’.

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UNA CHARLA ENTRE EDITORES DE LAS REVISTAS GATOPARDO, ETIQUETA NEGRA, SOHO, ORSAI, PIAUÍ Y RADAR

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